Había una vez un reino en las alturas, que había sido forjado por un "Gran Dragón", una figura legendaria que había liberado a su pueblo y había acumulado un inmenso poder. Su sucesor, el "Mago de los Tesoros", fue su escudero. El Dragón le confió el cetro y la corona. Pero el Mago, una vez en el trono, se vio a sí mismo como un nuevo rey, no como un vasallo.
Para asegurar su reinado, el Mago de los Tesoros utilizó a su "Maestro de las Mazmorras", para silenciar a los viejos guardianes del Dragón y a los bardos que cantaban sus epopeyas. Las piedras de la justicia, que debían ser imparciales, se volvieron blandas en sus manos y se usaron como armas. Cualquiera que se atreviera a cuestionar su poder era encerrado en las oscuras mazmorras. Las riquezas del reino se acumularon en los cofres de la nueva casa real, y los rumores de corrupción que salpicaban a sus “Jóvenes Príncipes” eran ignorados por la justicia que él controlaba.
El Mago y el Maestro de las Mazmorras creyeron que su poder era absoluto, ciegos a las grietas que se formaban en la base de su trono. El Gran Dragón, ahora desterrado, veía desde lejos cómo sus antiguos aliados y hermanos eran perseguidos. En una de las noches más oscuras, se rumoreó que un "equipo de élite" había intentado silenciar al Dragón, un hecho que la justicia del Mago borró del registro, tal como se desvanecieron las investigaciones sobre las muertes de los “Guardianes de las Arcas” (Colodro el interventor del Banco Fassil, Montenegro ex director de YLB y el Testigo Protegido del caso ABC), cuyas vidas fueron extinguidas en las sombras.
Llegó el día del "Gran Ritual de la Elección", el momento en que el reino debía elegir su camino. El Mago, seguro de su dominio, no escuchó los murmullos de su gente. Pero la voz del reino fue un rugido en las urnas, un eco de la masacre de la familia Romanov, donde el poder se desvaneció de un momento a otro. Su estructura política fue pulverizada, su magia se rompió. El trono se tambaleó y se descubrió que los nuevos herederos no eran de su linaje, sino los "Príncipes de la Derecha".
Es en este punto donde la historia se vuelve un eco de tragedias pasadas. El Mago de los Tesoros, ahora un rey sin poder, no será asesinado con violencia como el zar Nicolás II. No será víctima de un acto de ira familiar como el rey de Nepal. En cambio, se sentará en su trono, que ya no es de oro, sino de piedra fría, para presenciar el lento y doloroso colapso de todo lo que construyó.
Desde su trono de piedra, el Mago, aún en el poder por unos meses, será testigo de cómo el reino que una vez doblegó se levanta en su contra. Las mismas leyes que él utilizó como armas, se vuelven ahora en su contra. La traición que le infligió al Gran Dragón y al pueblo es ahora el espejo de su propia ruina.
Los "Prisioneros del Golpe", que el Maestro de las Mazmorras encarceló con violencia, ahora ven cómo las puertas de sus celdas se abren. Su inminente liberación no es un acto de piedad, sino una exhibición de la pérdida de poder del Mago. Se sentirá el dolor que él causó al ver que sus enemigos, que consideraba derrotados, regresan como héroes a sus regiones. Es el mismo tipo de humillación que un rey derrotado debe soportar, viendo a sus oponentes ser exaltados.
La ruina de su linaje se desarrolla ante sus ojos. El Mago de los Tesoros, que mantuvo a sus “Príncipes Intocables”, ahora verá cómo la justicia que él controlaba se activa de repente para investigarlos. La caída de su familia es una "ejecución simbólica" de su legado, un eco menos sangriento de las masacres dinásticas. Se les impide a sus hijos resurgir en el futuro para vengar su caída, y el Mago se convierte en el testigo forzado de su propia aniquilación política.
Cada día, cada noticia, cada investigación que se activa, es un alfiler que se clava en la sien del Mago de los Tesoros. Siente en vida el dolor causado a sus opositores, a los que traicionó, y a los que persiguió. La justicia, que antes era su espada, se convierte en su propio verdugo, un eco de la máxima de que "el que a hierro mata, a hierro muere".
Cuando llegue noviembre y el Mago se levante de su trono de piedra para entregar el mando, su muerte será la muerte definitiva de su legado. Su nombre no será recordado como el que trajo la estabilidad, sino como el que usó el poder para su beneficio, traicionando a sus aliados y persiguiendo a sus enemigos, solo para ver, en sus últimos meses, cómo el reino se levanta y lo expulsa, dejando su nombre en los anales de la historia como el peor de los presidentes de Bolivia. Es la venganza del tiempo, una historia de caída que no necesita de sangre para ser un relato de dolor y tragedia.
