Pese a los minuciosos planes y tras un cambio de fecha, la visita del presidente Donald Trump esta semana a Pekín para verse con su homólogo Xi Jinping estará marcada por la crisis en Irán y las dificultades de Washington para reconducir la relación hacia los escasos terrenos en los que no hay una competencia agresiva y excluyente.
La visita estuvo prevista inicialmente para abril, pero la campaña militar de Estados Unidos e Israel contra Irán hizo que la cumbre con Xi se retrasara hasta esta semana. La Casa Blanca no quería tener que abordar unas delicadas negociaciones con Pekín con el ruido de la escalada contra Teherán, que tiene en China a sus principales aliados.
Pese a que la escalada militar ha dado paso a un frágil alto el fuego y a lentas negociaciones para reabrir el estrecho de Ormuz, Trump llega a esta importante cita en desventaja, ya que Xi podría usar el bloqueo en la situación en Oriente Medio como palanca a la hora de tratar con el presidente estadounidense y su tradicional estilo negociador.
Según Anna Kelly, portavoz de la Casa Blanca responsable de temas de política exterior, la prioridad de este viaje es conseguir un acuerdo para “reequilibrar” la relación económica con China, con un enfoque en una balanza comercial y de inversión “justa”. El asesor económico de Trump, Kevin Hassett, dijo esta semana que Trump viajará a Pekín con una agenda “muy ambiciosa” y consideró que Trump regresará de esta visita de estado con “muchas buenas noticias para los trabajadores estadounidense, para nuestras empresas y agricultores”.
