El bautizado como "Camp Fire" (Campo de fuego) se cobró la vida de, por lo menos, 76 personas, mientras que otras 1.276 permanecen desaparecidas a causa de una conflagración que engulló por completo la localidad de Paradise, de 26.000 habitantes, y destruyó más de 1.200 edificios.
Más de 5.600 bomberos luchaban ayer por undécimo día consecutivo contra las llamas en el gigantesco y mortífero incendio que quema el norte de California (EE.UU.), a la espera de que se cumplan los pronósticos que vaticinan para este miércoles 28 las primeras lluvias desde hace meses.
Los bomberos, que en las últimas horas vieron cómo el fuerte viento les dificultaba las tareas de extinción, confían en las predicciones del Servicio Nacional de Meteorología, según las cuales el miércoles llegarán las primeras lluvias a una zona extremadamente seca que no ha visto llover desde hace meses.
Los meteorólogos están "casi seguros" de que ese día habrá precipitaciones en el condado de Butte, donde se desarrolla el incendio, aunque no en una cantidad suficiente como para que haya riesgo de desprendimientos de tierras en la zona arrasada por el fuego.
El agua también aliviaría la situación en gran parte del resto del estado, que desde hace días se encuentra en alerta roja por la mala calidad del aire, ya que el humo se desplaza cientos de kilómetros hasta alcanzar áreas muy pobladas como Sacramento, la capital del estado, y la bahía de San Francisco.
Hasta la mañana de ayer, los bomberos lograron contener las llamas en 60 %.
La causa que originó el fuego sigue siendo desconocida y las autoridades mantienen abierta una investigación, pero el diario local The Sacramento Bee publicó ayer que la compañía eléctrica Pacific Gas & Electric (PG&E) detectó un segundo problema en una línea de alta tensión del lugar el mismo día en que se declaró el incendio.
