La Oficina de Derechos Humanos de la ONU vuelve a ser ocupada por una mujer, la chilena Michelle Bachelet, en torno a quien concurren unas altas expectativas por su bagaje como jefa de Estado y, especialmente, por haber sido víctima directa de la represión.
"Sé que las víctimas, que los defensores de los derechos humanos están esperando apoyo de mí y haré mi mayor esfuerzo para estar allí cuando lo necesiten", prometió ayer en sus primeras declaraciones a la prensa desde su nuevo cargo.
Bachelet toma posesión en momentos críticos para los derechos humanos en el mundo, no solo porque hay numerosas crisis y conflictos que implican graves violaciones, sino por la tendencia de los gobiernos a ignorar las invocaciones de la ONU.
La nueva alta comisionada, que fue presidenta del Gobierno de Chile en dos ocasiones, empezó el día con diversas reuniones en la sede del organismo que dirigirá los próximos cuatro años, intentando empaparse de su funcionamiento y de las situaciones que requieren su atención urgente.
En ese contexto, el primer tema sobre el que tomó posición fue uno relacionado con la libertad de prensa: la condena a siete años de prisión que recibieron en Birmania dos periodistas de la agencia Reuters acusados de violar secretos de Estado en su investigación de una masacre de miembros de la minoría musulmana rohinyá.
Al respecto, no dudó en señalar que la información que difundieron era de "interés público" y que su juicio fue una "parodia", por lo que pidió a las autoridades birmanas que los liberen. Bachelet y su equipo trabajan ya en su primer discurso ante el Consejo de Derechos Humanos (CDH) de la ONU, que dentro de una semana abrirá su tercer y último periodo de sesiones del año.
