El ascenso de Bolívar a la cumbre del Cerro Rico, que ocurrió el 26 de octubre de 1825, ha sido descrito en varios libros, incluidas las memorias de Guillermo Miller, Daniel O’Leary y José María Rey de Castro, que fueron testigos presenciales, pero el resumen más notable, por su claridad, es el que fue publicado por el historiador Alfonso Rumazo. De ese autor tomamos estos textos:
La mañana en que el Libertador asciende a la cumbre del monte Potosí, va en compañía del mariscal Sucre, de los emisarios del Plata, del general Miller y de muchas personas, en un cortejo de epopéyica culminación. Junto al héroe –detalle sorprendente– está su maestro, Simón Rodríguez, que había regresado de Europa a Bogotá, de donde le hizo viajar Bolívar al Perú para encomendarle misiones educativas de trascendencia. Y fue Rodríguez quien recogió las palabras pronunciadas por el Libertador en aquella lumbre helada, impasible y desafiante:
”En cuanto a mí, de pie sobre esta mole de plata, cuyas venas riquísimas fueron durante trescientos años el erario de España, yo estimo en nada esta opulencia cuando la comparo con la gloria de haber traído victorioso el estandarte de la libertad desde las playas ardientes del Orinoco para fijarlo aquí, en el pico de esta montaña, cuyo seno es el asombro y la envidia del universo”.
El éxtasis del Potosí fue más grandioso para el extraordinario hijo de Caracas que el éxtasis del Chimborazo, en 1822. En el almuerzo que se sirvió en lo alto de la montaña, el Libertador, luego de las palabras que copió Rodríguez, púsose de pie y desplegó ufano las banderas de Colombia, el Perú y el Plata. Fue el instante más dichoso de su vida. De esa vida tan sacrificada hasta entonces y destinada a más hondos dolores de ahí en adelante (26 de octubre de 1825). A Santander le confía la intimidad de su alma: “Es la primera vez que no tengo nada que desear y que estoy contento con la fortuna”.
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