Mucho antes de las bandas de bronce, de las fraternidades y de los trajes que cada agosto convierten a Potosí en un escenario de danzas, hubo un territorio sagrado. En las formaciones rocosas de Mullu Punqu, donde hoy se encuentra el santuario de San Bartolomé y San Ignacio de Loyola, los antiguos pueblos que habitaron la región dejaron una huella religiosa que atravesó la conquista, cambió de símbolos y terminó convertida en Ch’utillos.
La Unesco reconoció esa profundidad histórica y cultural al inscribir en 2023 a “Ch’utillos, Fiesta de San Bartolomé y San Ignacio de Loyola, encuentro de culturas en Potosí” en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. El organismo señala que la festividad forma parte del patrimonio cultural de la nación indígena Q’ara Q’ara y está vinculada con la preparación de la tierra, el inicio de un nuevo ciclo agrícola y las ofrendas a la Pachamama.
Para comprender por qué una fiesta dedicada hoy a estos santos conserva elementos de una práctica mucho más antigua, hay que mirar hacia las montañas.
Antes de las imágenes religiosas estaba la wak’a
Mucho antes del surgimiento del Tahuantinsuyo, el Cerro Rico ya ocupaba un lugar especial para los pueblos originarios de la región. El gran coloso de plata era considerado una wak’a, un espacio sagrado de culto y protección.
De acuerdo con investigadores de la Sociedad de Investigación Histórica de Potosí, la antigua denominación wak’a Potojsi aparece relacionada con el nombre de Potosí. En la cosmovisión andina, determinados lugares del territorio podían ser considerados protectores de las comunidades.
Esa concepción ayuda a comprender que Ch’utillos no nació como la fiesta de fraternidades que hoy llena las calles. Sus raíces se encuentran en una forma de relacionarse con la tierra, los espacios sagrados y los ciclos agrícolas.
Parte de esa concepción permanece en las ofrendas a la Pachamama y en la participación de comunidades rurales, cuyos conocimientos, música, vestimenta y expresiones orales pasan de una generación a otra.
Mullu Punqu, una puerta hacia el pasado
A pocos kilómetros de la ciudad se encuentra Mullu Punqu, hoy conocido como La Puerta, un enclave de grandes formaciones rocosas donde se levanta el santuario dedicado a San Bartolomé y San Ignacio de Loyola.
Uno de sus sectores es conocido popularmente como la Cueva del Diablo. El relato transmitido durante generaciones cuenta que San Bartolomé enfrentó al demonio y lo encerró allí.
Los estudios históricos plantean una mirada anterior a esa leyenda. El historiador potosino Juan José Toro Montoya, autor de Historia de Ch’utillos, sostiene que Mullu Punqu fue un espacio de culto indígena antes de la llegada de los españoles. Su investigación, iniciada en la década de 1990, recoge documentación colonial y reconstruye las transformaciones que atravesó aquel lugar.
Parte de estos estudios también está reunida en El gran libro de Ch’utillos, publicación dedicada a los antecedentes y cambios de la festividad.
La llamada Cueva del Diablo adquiere así otra dimensión: además del escenario de un relato popular, forma parte de un espacio que las investigaciones vinculan con antiguas prácticas religiosas.
Cuando llegó San Bartolomé
La conquista española produjo una profunda transformación en las prácticas religiosas de los pueblos originarios. Según los estudios históricos, en 1589 los jesuitas intervinieron en Mullu Punqu y se produjo la entronización de San Bartolomé. El antiguo espacio ritual quedó incorporado a una nueva estructura religiosa. La evangelización no eliminó de inmediato las prácticas anteriores. El lugar adquirió nuevos símbolos, pero conservó su importancia para quienes acudían hasta allí.
Sobre esa transformación tomó forma el relato del santo y el diablo. Una antigua concepción indígena y la devoción católica terminaron compartiendo el mismo escenario. Con el paso del tiempo, Ch’utillos incorporó elementos de ambas vertientes y sumó nuevas expresiones culturales.
¿De dónde viene Ch’utillos?
Hasta el nombre de la festividad guarda más de una explicación. Una de las interpretaciones recogidas por investigadores relaciona Ch’utillos con el kusillo, personaje asociado a la alegría y la danza en las culturas andinas. Otra señala que en el norte de Potosí todavía se utiliza ch’utillo para referirse a un tipo de poncho.
Otras dicen que hace referencia a hombres y mujeres solteras montadas a caballo, que usualmente llevan algún tipo de disfraz bien engalanado (los disfraces comunes eran de mineros mitayos, incas o con la ropa del Tinku). Estos jinetes le otorgaban un colorido especial a esta celebración paseando a raudo galope. La palabra “ch’utillo” se flexiona en la palabra “ch’utillarse”, que significa jugar o burlarse. Así es común escuchar que una persona le diga a otra “te están buscando”, y a la pregunta de “¿quién pues?”, el primero le responda: “el ch’utillo”.
No existe una explicación única que cierre el origen del nombre como una certeza. Las distintas versiones forman parte de un legado construido entre documentos, relatos orales y transformaciones culturales.
De los rituales a las calles
Con los siglos, Ch’utillos dejó de concentrarse alrededor del santuario y se convirtió en una manifestación que reúne a comunidades, familias, músicos, danzarines, artesanos y cocineros. Las danzas autóctonas llevaron las expresiones de las comunidades rurales al centro de Potosí. Más tarde se sumaron las danzas folklóricas, las grandes fraternidades y las bandas de bronce.
La transformación no borró las expresiones originarias. La Unesco destaca que comunidades rurales llegan con sus trajes y prácticas propias, mientras grupos de otras regiones y países se incorporan a las jornadas de agosto. También reconoce a músicos, fabricantes de instrumentos, artesanos y productores de alimentos como portadores de conocimientos relacionados con la fiesta.
Muchos de esos saberes pasan fuera de los libros: un niño aprende una danza de sus padres; una joven conoce el significado de un traje dentro de su familia; un músico transmite el dominio de un instrumento; una cocinera conserva una receta.
La gastronomía también guarda su propio capítulo. Desde 1985, las ferias tradicionales incluyen el ají de achacana, además de chambergos, sopaipillas, tawatawas y confites.
La historia tiene una cita cada agosto
El 24 de agosto, fecha central de San Bartolomé, Potosí celebró la tradicional Bajada a La Puerta, con la peregrinación de devotos hacia el santuario de San Bartolomé y San Ignacio de Loyola, en la comunidad de San Antonio, municipio de Yocalla.
La jornada llegó después del segundo convite del fin de semana, que reunió a 115 fraternidades: 60 agrupaciones autóctonas el sábado 22 y 55 folklóricas el domingo 23.
La agenda principal de Ch’utillos 2026 continuará el viernes 28 de agosto con el inicio de las entradas folklóricas y autóctonas; el sábado 29 tendrá lugar la segunda jornada de desfiles y demostración de fraternidades, mientras que el domingo 30 se desarrollará el cierre de la festividad de San Bartolomé y San Ignacio de Loyola, de acuerdo con la información oficial del Gobierno Autónomo Municipal de Potosí.
Ch’utillos ya no tiene el mismo rostro de sus primeros tiempos. A lo largo de los siglos incorporó nuevos símbolos, personajes y expresiones hasta convertirse en una de las mayores manifestaciones culturales de la Villa Imperial.
Pero bajo los bordados, las máscaras y el sonido de las bandas permanece la huella de una geografía que fue sagrada mucho antes de que el coloso del Cerro Rico diera fama mundial a la ciudad.
En Mullu Punqu, esa huella encontró otra manera de sobrevivir. Primero fue el culto. Después llegó la transformación religiosa. La leyenda puso rostro a ese cambio. Con los años, las danzas tomaron las calles. Y hoy, cada agosto, Potosí vuelve a bailar.
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