El carnaval no terminaba en Domingo de Tentación, sino en Miércoles de Ceniza: esa es la primera conclusión a la que se llega al leer el capítulo IX del tomo II de “Travels in various part of Peru including a year’s residence in Potosi”, el diario de viaje del inglés Edmond Temple que fue publicado, en el idioma de su autor, en 1830 en su única edición hasta hoy.
Si se toma en cuenta que fue un trabajo privado, el libro de Temple trae muchas novedades sobre la parte occidental de Bolivia, puesto que el británico hizo un largo periplo desde Inglaterra que abarcó las Islas Canarias, Cabo Verde, Ecuador, el Estrecho de Magallanes, el Río de la Plata, Buenos Aires, Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Rosario, Río de las Piedras, Villa de Cobos, Salta, Jujuy, Tupiza y Caiza antes de ingresar a Potosí, el 15 de marzo de 1826.
A lo largo de su ruta, levantó un diario de viaje en el que plasmó sus impresiones sobre los lugares que visitaba. Su destino era la Villa Imperial, donde pretendía abrir la oficina central sudamericana de “Potosi, La Paz and Peruvian Mining Association”, una empresa minera que se dedicaría a explotar algunos de los más importantes yacimientos de las ex colonias españolas, cuando los peninsulares habían expulsado, al final de una guerra que se prolongó por 17 años.
Luego de permanecer algunos meses en Potosí, Temple se tomó unas semanas pare recorrer Chuquisaca, Oruro y La Paz, antes de volver a la Villa Imperial, el 8 de octubre de 1826 y quedarse, entonces sí, por alrededor de un año. En esta segunda estancia, alcanzó a ver la celebración del carnaval en Potosí y la describió en el capítulo referido.
“MUERTOS DORMIDOS”
La descripción de Edmond parte del que él denomina “el último día del carnaval”. Se sitúa temporalmente en el miércoles 28 de febrero de 1827 y describe que, ese día, Potosí estaba desolado, como si no tuviera habitantes, pero no porque estos se hayan ido, sino debido a que todos estaban todavía en la cama:
“Si un extraño hubiera entrado por primera vez en Potosí alrededor del mediodía de ese día, podría haber imaginado que había llegado a una ciudad deshabitada. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas; los negocios de todo tipo estaban paralizados, incluso los mercados estaban desiertos y sin provisiones; no se veía ni un alma viviente en las calles. El cauteloso cóndor, que habitualmente evita la morada del hombre, planeaba sobre el pueblo como sorprendido ante la desolación; reinaba un silencio sepulcral, como si los habitantes estuvieran tendidos en sus tumbas o tendidos en sus camas, ¡muertos dormidos! Sí, precisamente así, ¡muertos dormidos! Ésta era la verdadera causa. Ayer, siendo martes de carnaval, todo el día y la noche transcurrieron en una continua alegría y fiesta propia de esta gente, que en todo momento prefiere sus numerosas vacaciones a sus pocos días de trabajo; pero, en esta fiesta, se abandona por completo todo pensamiento sobre las preocupaciones de este mundo o del próximo, con el fin de dedicarlos entera y únicamente al disfrute del último día del Carnaval”.
Y sí. Temple dice, textualmente, que, al mediodía de ese Miércoles de Ceniza, “la mitad de los habitantes (de Potosí) se mantuvieron en cama para protegerse de la ebriedad, y la otra mitad por cansancio excesivo; es decir, algunos estaban tan embriagados de alegría como otros de bebida”.
“TERMINACIÓN DEL CARNAVAL”
“Por la tarde, restablecida la animación, todos se levantaron de nuevo y, según la antigua costumbre, se vistieron y adornaron con todas las riquezas y galas que poseían, tomaban prestadas o podían obtener de alguna manera. Luego procedieron en paseo a poca distancia del pueblo, bajo la gran montaña, allí en una gran tertulia para sentarse y conversar, o, para los que les quedaban fuerzas, bailar hasta el atardecer. Esta reunión tiene el propósito de ‘enterrar las festividades del carnaval’, ya que, al final de la noche, se atan guitarras, violines y flautas con cintas o crespones negros y, con estos emblemas de luto, se entierran. en la tierra, se supone que sus usos cesaron con la terminación del carnaval”, apunta Temple.
El “paseo a poca distancia del pueblo, bajo la gran montaña” ha sido identificado, por varias fuentes posteriores, como el lugar conocido como “El Pampón”, que ahora, con el crecimiento de la ciudad, está cubierto por la zona de San Clemente. Esto se confirma al revisar la ilustración que Temple incluye en la página 292 del tomo II con el título “Escena del carnaval en Potosí”.
En el dibujo destaca el Cerro Rico de Potosí, pero sin la ciudad a sus pies. Esta parece cubierta por unas colinas, desde la perspectiva de la persona que está en El Pampón, donde se encuentra esparcidos, pero en tumulto, personas de diferentes clases sociales, desde indígenas, que aparecen en la esquina derecha tocando sus instrumentos nativos, hasta sacerdotes y soldados, pasando con criollos que eventualmente son vistos con guitarras. En medio y abajo destaca un oficial del ejército, a caballo, que bien podría ser un oficial del ejército colombiano.
LA ROPA
Lo que más se destaca de la descripción del carnaval es la ropa que usaban los criollos y las cholas y que Temple detalla así:
“La escena era tan curiosa como brillante; la cantidad de diamantes, perlas y adornos de oro y plata que se exhibían, según las circunstancias de los portadores, era inmensa. Algunos de los aretes son tan pesados que requieren alrededor de la parte superior de la cabeza una cadena de oro, cuyos extremos están unidos a los aretes, para aliviar el peso de las orejas. Las Cholas, en particular, se enorgullecen de la exhibición de sus joyas esa noche; su vestimenta también es más llamativa que la de los demás; una enagua completamente trenzada, que contenía de doce a catorce metros de rico terciopelo o raso, adornada con cintas de los colores más llamativos y, a veces, con festones de flores artificiales. Se echa un pañuelo sobre los hombros, pero no para ocultar las brillantes trenzas color cuervo que cuelgan en trenzas por la espalda; en la cabeza a veces llevan un sombrero negro de ala estrecha, similar al de las mujeres galesas. El conjunto produce un efecto muy llamativo en una figura hermosa y hermosa, que generalmente exhiben a la edad de veinte años”.
Por lo tanto, la celebración era muy distinta a la actual. Para entonces, no existían los conceptos de ch’alla, ni del Domingo de Tentación que, por eso mismo, debieron aparecer con posterioridad, pero ya en el periodo republicano.
Y no es el único elemento del carnaval que apareció en un periodo tardío.
No jugaban con agua
Hasta 1827, los potosinos no jugaban con agua y, cuanto más, usaban cascarones de huevos que eran rellenados con perfume aguado.
Lo que describe sobre los juegos carnavaleros es esto: “repartí y recibí, con desconsiderada prodigalidad, lluvias de harina, almidón en polvo y bombones. Arrojé a las damas, y fui arrojado por ellas, con docenas de cáscaras de huevo, llenas de aguas perfumadas, que a veces se vierten, hasta empapar, sobre alguna víctima favorita, y un tiro bien dirigido en la cara con uno de esos cascarones de huevos no es siempre agradable; pero, como todos sufren por igual, nadie puede enojarse por la broma de un compañero de sufrimiento”. Y agrega esta sentencia: “Ni tampoco significa insulto, cuando los hombres simpatizan" (Pág. 291).
Por tanto, el juego con agua, como se conoce hoy en día, debió comenzar en periodos posteriores a 1827, ya en la república, y es muy probable que haya sido por imitación del que suele hacerse en lugares con clima tropical.
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