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Terry, el Hachico potosino

15 Abril 2018Celso Durán Sánchez
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La casita cubierta con plástico.

La casita cubierta con plástico.

Potosí tiene historias ocultas. Basta con escudriñar sus calles coloniales, que están llenas de misterio; en cada una de sus esquinas, se esconde una leyenda.

Otras, sin embargo, en su silencio palpable cuentan hazañas de nuestro diario vivir, como la historia de Terry, un perrito que vive actualmente en Potosí, en la zona de Copacabana, en la parte alta de la ciudad. Él vive en la calle  Cayetano Fanola, justo en una puerta de madera, donde era la casa de su dueño.

Supe de él por un rumor circunstancial de la vida. Así que sin ninguna flojera y dejando a un lado mi día de descanso, me dispuse a averiguar su historia.

Dejó de ser un domingo cualquiera, porque sentí una paz interior cuando lo vi, tan apacible. Eran como las 9:30, me acerqué, pero aún dudaba si era él. Estaba echado frente a su casita, en la patilla de una puerta. Alzaba la mirada de rato en rato, como esperando a que llegue alguien. A su lado había un plato con comida, al otro, su agua en un recipiente.

Él vive en la calle dando la bienvenida a los vecinos que llegan tarde a sus casas y a los que pasan por el lugar. Les acompaña hasta las respectivas puertas de sus casas y luego vuelve a su morada, como quien cumple con su deber del día.

Su color amarillo, adherido en el lomo por un manto negro, le delata como un pastor alemán. De lejos, lo filmaba. Seguramente ni se daba cuenta de mi presencia. A través de mi cámara, lo analizaba, lo estaba estudiando, seguía sus movimientos con gran detalle, mientras recordaba que me contaron que su inmensa ternura era la alegría del vecindario.

Vi que se acercaba a los vecinos con cariño, les acompañaba a la tienda donde compraban pan, azúcar o cigarrillos. Movía la cola con afecto a cada una de las personas. Se ponía patas arriba como saludando y haciendo mimos a cada uno de sus vecinos del barrio.

En retribución, le hablaban y le demostraban cariño, le daban de comer. No había duda: el perrito se había convertido en un miembro más de esa zona.

Quise que ellos me contaran más de la historia de Terry. Algunos aceptaron y otros no. Por intermedio de quienes quisieron, hoy puedo contar esta historia. Este perrito había sido recogido por don Gregorio Guzmán, un profesor de colegio nocturno.

Una noche, al volver de sus clases, Gregorio Guzmán fue atacado por unos perros en una calle desierta. Él trató de defenderse como pudo, les esquivaba con su portafolio, intentaba darles patadas, se defendía sin ninguna destreza de combate, pero aun así, los perros embestían en él un odio inexplicable.

Y cuando menos lo esperaba, del fondo más oscuro de la noche, apareció su defensor, era un perro zorro, que atacó a los otros con tanta valentía que resultaba difícil de creer que él solo lo había logrado, se batió con gran brío y les hizo escapar.

Gregorio Guzmán, impactado por lo que vio, no salía de su admiración por la bravura con que ese perro se batió con sus rivales de turno. En una palabra, si estaba completo, era gracias a él.

Sin dudarlo, lo llevó a su casa. Esa misma noche decidió adoptarle como suyo. Lo miro y vio en los ojos del animal una ternura infinita y le dijo: “eres terrible para pelear y me defendiste como un terrible. ¡Desde ahora te llamarás Terry!”. Como el señor Guzmán vivía solo, sin hijos ni esposa, Terry se convirtió en su sombra inseparable, en su hijo, más que su compañero de vida y compartieron aquella clase de amistad leal de la que solo los perros pueden dar fe. Ese día nació un cariño verdadero, inquebrantable, que perduraría en el tiempo, más allá de la misma muerte.

Hasta que esta, sin avisar a nadie –como es su costumbre– irrumpió en la casa de don Gregorio Guzmán y, con su manto negro, apagó la luz.

Se lo llevó al más allá. Y Terry se quedó solo en este mundo; solo y abandonado, sin aquella mitad con la que él también solía estar completo.

Aquella casa quedó a cargo de los familiares del señor Guzmán. Pero Terry, con su entrañable actuar, no quería saber nada. Se escapaba, daba vueltas la cuadra, una y otra vez, no quería entrar. Siempre estaba en la calle, en la puerta colonial de esa casa. Prefirió vivir en la acera, soportando –quien sabe– las inclemencias del tiempo: viento, lluvia, el fuerte sol, el abrasador invierno, tan cerca del cielo. Lo soporta todo estoicamente, siempre en esa puerta antigua de madera.

La escena no fue ajena a los vecinos que conocían a Terry y que también aprendieron a quererlo. Decidieron construirle su casa de madera, junto a esa puerta colonial, de la que nada quería saber.

Su casita siempre tiene limpias tres bonitas frazadas, cual colchones. La puerta de acceso está cubierta con una bolsa azul de nylon; seguramente para protegerlo de la lluvia.

Me contaron que un día, un automóvil lo atropelló. El chofer, más cobarde que asustado, se escapó con su negra conciencia a cuestas. No lo auxilió.

Indignados, todos en la vecindad reunieron dinero para hacer curar a Terry. Lo lograron, el perrito continúa correteando como si nada le hubiera pasado.

Pero yo me preguntaba por qué Terry vivía en la calle si podía estar mejor en una casa. Varios vecinos quisieron adoptarlo. Pero el perrito continúa en la calle.

Cuando me acerqué a él, y luego de acariciarle, noté en sus ojos pardos, la infinita tristeza de la espera. Terry aún está pendiente de la llegada del profesor Gregorio Guzmán, quien siempre aparecía de noche.

Él lo recibía con mucho cariño, moviendo la cola en la puerta de su casa y le hacía mimos. Hoy, tal vez recordando esas escenas, Terry mira al infinito.

Él no entiende y nunca comprenderá que su amo está muerto, que nunca volverá. No lo concibe, ni lo acepta.

Y mientras lo aguarda, cumple la tarea que Dios le encomendó: llena de alegría a sus vecinos, llena con amor vidas ajenas… ¡Qué irónico que no sea la suya!

Sé que en el fondo de su corazón, Terry cree que su amo va a volver, que jugarán otra vez, que sonreirá de nuevo, gracias al amor eterno del profesor Guzmán. Sí, por eso lo espera ¡hasta el fin de sus días!

El fiel amigo.
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  • Terry, Hachico, potosino

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