A partir de la posesión del Cerro Rico, hecho ocurrido el 1 de abril de 1545, la explotación de plata se tornó indetenible y el aumento de la extracción argentífera llegó a cantidades nunca antes imaginables en el mundo hasta ese momento, que a su vez influyó para un rápido crecimiento de la población hasta llegar a principios del siglo XVII a 160.000 habitantes, constituyéndose en ese tiempo en una de las ciudades más ricas y más pobladas de este continente.
La rapidez con la que se descubrían nuevas vetas de plata en el famoso cerro, y la llegada de mucha gente con diversos intereses para posibilitar su explotación, hicieron que la ciudad creciera sin una planificación previa de acuerdo a los cronistas de ese tiempo. La atracción por lograr un rápido enriquecimiento con el trabajo de las minas argentíferas, fue el imán, para que españoles de muchas nacionalidades, europeos y otros países llegaran a estas alturas, congregándose en ella la población anteriormente citada.
La sociedad potosina estaba conformada por mucha gente con alto poder adquisitivo, misma que se convirtió en altamente consumista, de tal manera, que a la Villa Imperial llegaban productos de todo el mundo y de diversa índole y naturaleza, para satisfacer las mínimas necesidades de sus habitantes, que querían vivir con las mismas comodidades de Europa o del lugar de su procedencia. Era por así decirlo una ciudad cosmopolita como Babilonia o Roma en su apogeo, o como Abbu Dhabi u otras ciudades asiáticas en el presente.
Una aproximación de la realidad de Potosí del periodo comprendido entre 1545 a 1735, descrito por Arzáns de 1705 a 1735 tiempo en el que escribió la Historia de Villa Imperial es la siguiente: “cosa es por cierto digna de ponderarse que siendo esta Villa y sus contornos toda esterilidad, de mucha distancia de leguas le envían y dan abundancia de trigo Ceres, Baco el vino, el aceite Palas y maderas Cibeles, sin que se echen menos (pues ya goza trasplantados) estrados de Amaltea, tapetes de Flora, sin que le falten glorias de Minerva. Y para más inteligencia de que de nada carece y de acarreo todo le sobra, resumiré a brevedad la máquina con que le acuden los reinos y provincias del orbe, cada cual con lo que tiene, ayudándome para ello de lo que en este particular dicen Acosta y Pasquier, como también de lo que me ha mostrado la experiencia”.
Refiriéndose a la procedencia de algunos productos que llegan para la satisfacción de la población manifiesta: “de los valles de Cinti, Oroncota, Turuchipa, Moquegua, Arequipa, Ica y muchos otros valles se abastece con más de 100.000 botijas de vino, aguardiente y ricas aceitunas. Garcilazo de la Vega en sus Comentarios Reales dice que en tiempos de la tiranía de Gonzalo Pizarro y su maestre de campo Francisco Carvajal, en todo este peruano reino valía la arroba de vino 300 pesos, y el capitán Pedro Méndez dice que a la sazón y valía en esta Imperial Villa 400 pesos de nueve reales; hoy vale la botija siete, ocho o nueve pesos conforme su bondad, y en el tamaño caben en unas (botijas) tres arrobas, y en otras dos poco más o menos. De estos mismos valles le traen muchos odres de claro y sabroso aceite, corriendo el precio de la arroba al presente (1705-1735), unos años con otros, a 10 pesos”.
De un breve análisis a la última descripción, podemos ver como los precios se elevan en los lugares y los alrededores donde se produce un apogeo económico, no importa el motivo, en este caso en Potosí, a finales del siglo XVI y principios del XVII la extraordinaria producción de plata, ocasionó, por ejemplo, la elevación de la arroba de vino a 300 pesos en el reino peruano, y, a 400 pesos de nueve reales la arroba de ese producto en la Villa de Potosí. Mientras que a principios del siglo XVIII, este mismo producto, en un momento de depresión económica, una arroba de vino costaba aproximadamente 3 pesos, tomando en cuenta que una botija de vino de 3 arrobas valía 9 pesos.
De otro lado, en otros espacios geográficos en la segunda mitad del siglo XVI, ocurrían otros hechos que posteriormente también se relacionarían con la Villa Imperial.
En el periodo de la conquista española en el sur de la Audiencia de Charcas los religiosos dominicos fueron quienes originalmente introdujeron el cultivo de la vid en el Valle de Cinti, en el último tercio del siglo XVI, algunos cronistas de la época señalan que las primeras cepas llegaron de la costa peruana y otros que provinieron de las tierras del Río de La Plata, con el principal objetivo de proveer de vino para las celebraciones litúrgicas católicas, aunque también pronto se hizo patente una gran demanda de la sociedad potosina, que despertaron el interés de los hacendados cinteños por incrementar la producción de este producto.
