La jeta de la sujeta que escribe este artículo está por los suelos. Está “jeteando” por las cifras que
acompañan la “celebración” del Día de la mujer en Bolivia. Empecemos:
Uno. Las mujeres bolivianas ocupan sólo el 28 % del enfoque informativo, según el informe Bolivia
del GMMP+30, Proyecto de Monitoreo Global de Medios. Es una investigación internacional que
analiza la presencia y representación de la mujer en las noticias. El estudio revela que las mujeres
continúan siendo representadas con mayor frecuencia como víctimas y no como protagonistas o
profesionales expertas. Desde 2010, son el doble de propensas que los hombres a aparecer en
calidad de víctimas, especialmente en casos de violencia doméstica. Si bien ha disminuido la
sobrerepresentación como amas de casa, persisten patrones que las definen por roles domésticos,
edad o atributos físicos, así como tendencias de sexualización en imágenes.
Por otro lado, el estudio revela que el sexo del periodista influye, en la perspectiva de género: las
mujeres periodistas recurren con mayor frecuencia a fuentes femeninas y destacan en mayor
medida cuestiones de desigualdad.
Dos. El Tribunal Supremo Electoral (TSE) reportó, el 11 de octubre de este año, 39 renuncias de
mujeres que ejercían funciones político-públicas y 12 denuncias por acoso y violencia política
entre mayo y la primera semana de septiembre de 2026, tras la posesión de las nuevas
autoridades departamentales y municipales. Son cifras para que la jeta de la columnista se caiga
hasta el suelo. Peor aún cuando, la última cifra se dio justamente el 11 de octubre, día de la mujer
boliviana, en homenaje al nacimiento de la gran escritora y educadora Adela Zamudio.
Su legado anda por los suelos, porque no consiste en regalarnos un poema incómodo para recitar
cada 11 de octubre, sino en haber cuestionado quién tenía derecho a estudiar, pensar, escribir y
decidir en una sociedad que consideraba la inteligencia femenina casi una impertinencia.
Su obra literaria, fue mucho más amplia que “Nacer hombre”: escribió cuentos, poesía, artículos y
la novela Íntimas, que tardó décadas en recibir la atención crítica que merecía.
Bolivia la coronó en vida, y la convirtió en símbolo nacional. Pero la investigadora Virginia Aillón
advierte que rescatar una y otra vez su poema más famoso, sin asumir la amplitud de su
pensamiento, puede quedarse en un “homenaje huero”. Un certificado de reconocimiento, una
foto, una palmada en la espalda, y “gracias por participar”, “volvemos a lo mismo”.
Tres. Tenemos a Adela en el calendario, en los discursos y en los actos escolares; falta averiguar
cuánto de Adela hay en nuestras decisiones. Porque homenajear a una mujer que desafió los
privilegios masculinos, mientras se sigue desconfiando de las mujeres que hoy cuestionan los
privilegios, es una forma bastante elegante de no entender el homenaje. Adela no necesita que la
recordemos más; necesita que dejemos de darle la razón una vez al año y se la quitemos los otros
364 días.
Pero como no hay suficientes mujeres en los titulares, siempre podemos poner a Adela en primera
plana cada octubre. Total, las muertas, las silenciadas y las que renuncian por violencia política no
compiten por espacio con una escritora muerta hace más de un siglo. Ella ya no incomoda a nadie.
Las vivas, en cambio, siguen teniendo la mala costumbre de querer pensar, decidir y ocupar
espacios.
¡Qué falta de respeto con la tradición!
Ojalá mi jeta no se caiga el 11 de octubre de 2027, cuando las cifras nuevamente digan lo mismo
que en 2026.
