Hay algo particularmente curioso en la velocidad con la que una sociedad puede cambiar la manera en que mira a una persona. Hace unos días Tatiana Marset, en el centro de una noticia judicial, brindaba una conferencia de prensa a su salida del penal de Palmasola para cumplir detención domiciliaria. Periodistas entusiasmados se fotografiaron con ella, poco después apareció como imagen de una peluquería y finalmente supimos que fue elegida reina de una comparsa en Santa Cruz para el Carnaval 2027.
El interés de este texto no es juzgarla ni condenarla por su parentesco; la responsabilidad penal es individual y corresponde a la justicia. En lo que quiero indagar es en lo siguiente: ¿Cómo una persona expuesta judicialmente pasa, en días, del estigma al reconocimiento? ¿Cómo pasó Tatiana de ser vinculada al narcotráfico a ocupar espacios de representación social sin haber dejado de ser investigada? No se trata tanto de Marset, sino de nosotros, ya que una sociedad dice mucho de sí misma no solo cuando castiga, sino cuando reconoce y celebra.
NADIE CONSTRUYE UNA REPUTACIÓN EN SOLEDAD
La reputación parece un atributo individual, pero es un error pensar que pertenece exclusivamente a la persona. El respeto, la admiración o el rechazo se producen colectivamente y necesitan de quienes miran y aplauden. Por eso lo que ocurre alrededor de Marset es revelador: vemos cómo distintas instituciones y grupos sociales empiezan a relacionarse con ella desde lugares diferentes.
Erving Goffman explicaba que el estigma no es una cualidad intrínseca, sino una relación social: una marca que cobra significado según la interpretación colectiva. En el caso de Tatiana existe, inevitablemente, un apellido: Marset. Esa marca llega al espacio público asociada a uno de los casos más sonados de narcotráfico en los últimos años. Cabe preguntarse: ¿Puede alguien seguir bajo investigación judicial y al mismo tiempo ser investida como figura pública o reina de carnaval? La justicia investiga mientras los medios amplifican su imagen y determinados sectores la incorporan a sus rituales. ¿Hasta dónde ambos sistemas pueden coexistir?
EL ESPECTÁCULO Y LA MIRADA PERIODÍSTICA
Tras su salida de Palmasola, varios periodistas se acercaron a pedirle fotografías. Al respecto, la periodista Helga Velasco cuestionó esa actitud, advirtiendo la confusión entre lo que genera viralidad y el ejercicio periodístico.
Frente a una persona investigada, el periodista ocupa la posición de observador. La “selfie” altera esa relación, porque la fotografía deja de documentar el acontecimiento para convertirse en el acontecimiento mismo, revelando cómo la fascinación puede desbordar la distancia profesional y transformar al informador en audiencia. En ese desplazamiento la lógica del espectáculo contamina espacios que deberían preservar la neutralidad.
Entonces: ¿Una foto con una fuente convierte a un periodista en mal periodista? Quizá el problema no sea la imagen, sino la relación social que produce, pues los medios no solo cuentan sucesos: los encuadran, jerarquizan y legitiman. Por eso, la crítica de Helga Velasco resulta pertinente.
CONVERTIR EL ESCÁNDALO EN GLAMOUR
Vivimos en un entorno donde ser conocido suele ser más valorado que ser virtuoso y la notoriedad es una forma de poder. Antes se requería relevancia para alcanzar la fama; hoy basta la fama para volverse importante. Es la capacidad de convertir la atención en capital social.
En este escenario opera la sociedad del espectáculo, caracterizada por reciclar la controversia en entretenimiento y pasar del rechazo a la fascinación casi sin mediación racional. Como analizaba Guy Debord, es un modelo donde las relaciones humanas están mediadas por imágenes. En este punto la cadena es clara: un acto es capturado por el periodista, publicado por el medio, multiplicado en redes y transformado en un fenómeno colectivo. Una sucesión de interacciones que resignifica símbolos aún sin haberlo planeado.
¿QUÉ REVELA LA CORONA?
En pocas horas una comparsa la nombró reina.
Una cosa es la reinserción y otra la consagración pública. Las ceremonias de reconocimiento definen identidades; la reina de una comparsa es una figura cuya corona actúa como un símbolo que reúne significados colectivos.
Émile Durkheim concebía los rituales como momentos en los que una sociedad se representa a sí misma para reafirmar la pertenencia. Por eso la pregunta no es si ella merece llevar la corona, eso es individual, sino qué expresa esta comunidad sobre sí misma al elegirla.
Convivimos con un sistema de premios y castigos que no figura en ningún código legal: mientras el sistema judicial investiga, el colectivo consagra. En este escenario surge la necesidad de ser autocríticos para distinguir entre integrar socialmente a una persona y convertirla en un símbolo de celebración.
La corona estará sobre su cabeza, pero el peso simbólico lo construimos y respaldamos nosotros.
