Soy un experto en bloqueos, digo desde el punto de vista turístico. Me inauguré en 1980, a pocos meses de empezar en el rubro como guía de turismo. El golpe de García Meza me agarró en julio en el lago Titicaca, y me tuve que quedar allí por ocho días.
Las carreteras se cerraron y nos quedamos varados con algunos colegas, con los que creé amistades entrañables. Ese bloqueo, que fue desbloqueado a la mala, tenía su razón de ser: el golpe de García Meza había interrumpido el joven y débil proceso democrático boliviano y estaba instaurando una dictadura delictiva y sanguinaria.
Ya de vuelta a la democracia, en el 84, me tocó un bloqueo/huelga que me dejó tirado por unos días en Tupiza, algo que tampoco me molestó mucho; pero, a lo largo de los años, tuve que lidiar con esa particular situación en mi vida relacionada al turismo. Eso siempre implicó flexibilidad a la hora de hacer las rutas predeterminadas, paciencia por parte de los clientes, y gastos extras y pérdidas por parte de los operadores.
Mientras trabajé para otros, esos costos me afectaron, porque a veces me quedé sin trabajo, pero no fue tan grave como cuando opté por tener mi propia empresa.
Muchas veces me tocó entrar a Potosí a pie, porque a alguien se le ocurrió bloquear, a veces porque no había llegado la provisión de gas.
En el 85 tocó la semana de bloqueos en protesta contra el 21060. En 2000 tuvimos el larguísimo bloqueo del altiplano, 19 días sin volver a mi casa.
En 2003, el bloqueo que terminó con el gobierno de Goni también terminó con mi pequeña empresa. En el 2005 viví uno de los momentos más angustiosos de mi vida profesional, cuando acompañé a una mujer alemana que se sentía tremendamente mal, con síntomas que hacían temer un paro cardíaco.
La mujer apenas podía respirar, el oxígeno ya no era suficiente, estábamos en el lago, en un hotel a 80 kilómetros de la ciudad, y los bloqueadores no dejaban pasar a un médico, ni a una ambulancia. Pasamos la noche en vela, temiendo lo peor, la mujer, su marido y yo. A la mañana siguiente fue evacuada a Puno, llevada directamente a un hospital y luego trasladada a Lima, para ser estabilizada a nivel del mar.
Esa noche sentí una enorme impotencia, la mayor rabia contra la irracionalidad y la actitud inhumana de quienes llevaban a cabo el bloqueo.
Ese episodio me marcó para siempre, y no pude avalar ni siquiera el bloqueo de las llamadas Pititas contra el gobierno de Evo Morales, que había dejado de ser democrático. De hecho, me alegré de no estar en el país para no tener que tomar una decisión un tanto bipolar por adherirme a la protesta, pero renegando de cualquier cosa parecida a un bloqueo.
Los bloqueos son actos inconstitucionales porque limitan la libertad de locomoción que tiene que tener el ciudadano, y son delictivos porque usan métodos ilegales para impedir el libre paso de las personas. Pueden ser criminales porque pueden atentar contra la vida de las personas. Permitir que se den, son a primera vista, una falta de cumplimiento de deber de las autoridades del país.
Por supuesto que entiendo que eso es más fácil de enunciar a que sea una realidad en un país que ha normalizado y dado estatus de acto heroico a esa forma de hacer política, no solo para reivindicar aspiraciones, sino para que un determinado grupo de personas se haga del poder.
Se puede criticar, pero solo un poco, la inacción del gobierno en los primeros 26 días de los bloqueos. Pero esta situación sirve para poner muy en claro la intransigencia, irracionalidad y la inhumana actitud de los bloqueadores. Eso, a pesar del incalculable costo para empresas, personas y para el país en su conjunto, puede convertirse en una victoria más profunda.
El peor enemigo de la actividad turística es el bloqueo de carreteras, (aclaro aquí que no creo que si no hubiera bloqueos Bolivia podría vivir del turismo), lo es de toda actividad, y también de la dignidad humana. Tener que sufrir incomodidades extremas porque sí, tener que dejar de comprar alimentos porque no hay o porque están demasiado caros es una violencia contra las personas que debe ser visibilizada y condenada.
Los bloqueos tienen que ser extirpados de la vida pública de nuestro país y de cualquier país que vive en democracia. No se trata de criminalizar la protesta, sino de entender la clara diferencia entre esta y las actitudes criminales que conlleva un bloqueo.
Si no llegamos a entender esto, si seguimos creyendo que con el bloqueo se puede hacer política, Bolivia simplemente no tiene ninguna esperanza, no solo de desarrollarse o de vivir democráticamente, sino, posiblemente, hasta de permanecer como un solo país.
