Uno de los secretos para tener éxito en la política está en saber aprovechar las oportunidades. Desde el punto de vista teórico, e idiomático, oportunidad es “momento o circunstancia oportunos o convenientes para algo” así que el buen político es el que sabe aprovecharlos.
Un buen político tiene la palabra precisa en el momento preciso. No es buen político, por ejemplo, el que dice que el pollo está cargado de hormonas femeninas y, “por eso, cuando los hombres comen esos pollos, tienen desviaciones en su ser como hombres” porque hacer semejantes declaraciones es ofender a una enorme colectividad humana como es la de los homosexuales.
Tampoco es buen político aquel presidente que, en un momento delicado por escándalos como el robo de la medalla presidencial, con prostíbulos de por medio, y el desnudamiento de un diputado suplente en un aeropuerto, parece pavonearse al decir que, en una parada militar en Trinidad, una mujer se le acercó para decirle que quería tener un hijo con él.
Las palabras dichas en un momento inoportuno tienen un peligroso efecto contrario para el político: le restan credibilidad y, lo que es más importante para él, popularidad.
Pero así como las palabras inoportunas bajan los puntos de un político, también lo hacen sus silencios… sus ausencias…
En el caso concreto de Potosí, son dignas de analizar las conductas de dos de sus principales autoridades, el gobernador y el alcalde.
Pese a que no se le reconoce precisamente buen carácter —lo que se traduce en falta de carisma—, el gobernador ha demostrado que sabe reaccionar en el momento oportuno y, generalmente, sus intervenciones suelen ser acertadas.
Así, si un adversario político o un dirigente cívico hacen declaraciones en contra de su gestión, él reacciona inmediatamente y hacer conocer su versión. No le preocupa si, para ello, convoca a dos o tres conferencias de prensa en un solo día ni los horarios en los que lo hace.
Muchas veces se anticipa a los propios periodistas. Los días en los que Real Potosí apareció con dos equipos, convocó a la prensa, en domingo, para hacer conocer que ya no cedería escenarios deportivos si las cosas no se arreglaban en el equipo.
También aprovecha las oportunidades. Cuando aparecieron las monedas de Colquechaca, algunas de las que Rondeau mandó a acuñar en 1813, anunció la apertura de un museo departamental en el que está trabajando actualmente.
El último fin de semana volvió a demostrar su criterio de oportunidad cuando, tras el fallecimiento del historiador Walter Zavala, anunció que el centro cultural de Cantumarca llevaría su nombre. Mas aún, participó activamente en las exequias y hasta cargó el ataúd. El alcalde, en cambio, brilló por su ausencia.
Como se trata de políticos, la actitud de uno y otro se traduce en popularidad. El gobernador ha logrado despejar la imagen negativa de sus primeros meses de gestión pero el alcalde no logra levantar su imagen.
Y no se trata solo de obras ya que, si de estas hablamos, el alcalde tiene mucho para mostrar pero no lo sabe hacer o, peor aún, no tiene el personal que le ayude a hacerlo.
El gobernador gobierna al departamento y el alcalde gobierna el municipio o, en términos más restrictivos, la ciudad. Debido a ello, los ciudadanos quieren verlo en los actos públicos y quieren sentirlo protagonista. Sin embargo, como René Joaquino en su momento, la actual autoridad municipal parece preferir el perfil bajo y eso le hace daño a su gestión. Alguien tiene que decírselo.
