El denominado “socialismo del siglo XXI” habría nacido, por lo menos como denominativo, el 30 de enero de 2005, cuando el entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez, lo refirió como tal en el V Foro Social Mundial realizado ese año en Porto Alegre, Brasil.
Menos de un mes después —Agustín Laje señala exactamente al 27 de febrero de ese año—, Chávez utilizaba su programa televisivo “Aló Presidente” para convocar a los intelectuales de su instrumento político a “inventar el socialismo del siglo XXI”. Lo que dijo, entonces, es que la caída de la URSS no significaba la extinción del socialismo sino que este debía “reinventarse” para responder a los desafíos del nuevo siglo.
Pese a esos indudables hitos en el surgimiento de esa corriente política, Chávez no fue su inventor sino su principal impulsor. En cuanto concepto, filosofía y proyecciones, el “socialismo del siglo XXI” fue concebido por el sociólogo alemán Heinz Dieterich Steffan alrededor de 1996. Empero, a partir de 2005, se convierte en un entusiasta defensor de Chávez con sendas publicaciones que lo mencionan expresamente.
Los países que están oficialmente alineados en esa corriente son Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia que, coincidentemente, se encuentran al presente bajo un sistema de gobierno que apunta hacia la prórroga del poder. La receta cubana, aplicada con éxito, en ese sentido, durante más de medio siglo, se aplica paulatinamente en esos tres países pero adaptándose a su economía jurídica o, finalmente, transformándola con miras a aplicar aquella.
El “socialismo del siglo XXI” aglutina fundamentalmente a los partidos catalogados o autodenominados de izquierda pero, en el caso de los cuatro países mencionados, estos se encuentran actualmente en el ejercicio del poder mientras que en otros, como Chile y Brasil, se encuentran en la oposición.
Ecuador era el quinto país alineado en el “socialismo del siglo XXI” a través de Alianza País, el partido del expresidente Rafael Correa, pero los últimos acontecimientos políticos siembran la incógnita sobre el rumbo político que está tomando esa nación. El actual presidente es Lenín Moreno, que fue vicepresidente de Correa y preside Alianza País, pero él es uno de los impulsores del juicio que se sigue a su antecesor.
El proceso contra Correa no es una simple pulseta política. El expresidente está acusado del secuestro de Fernando Balda y, como no acudió a las citaciones judiciales, se ha expedido orden de aprehensión internacional en su contra. Si esta se ejecutara, Correa podría ir a parar a la cárcel.
El juicio por el supuesto secuestro es tan complicado como lo son todos aquellos procesos contaminados por intereses políticos así que es difícil determinar si detrás está la búsqueda de justicia o simplemente la intención de retirar a Correa de una carrera política que él no había dejado pese a alejarse de la presidencia de Ecuador. Es más… si se buscaba con más calma, pudo encontrarse mejores razones para procesarlo. El hecho es que se arrancó con el secuestro y se sigue adelante con él.
El juicio ha enemistado a quienes antes trabajaban codo a codo en la cúpula del poder de Ecuador y no solo ha polarizado a Alianza País sino también a los otros partidos del tan mentado “socialismo del siglo XXI”. Mientras Cuba y Nicaragua guardaban silencio al respecto, los presidentes de Venezuela y Bolivia se apresuraron en expresar su respaldo a Correa y causaron la airada reacción oficial del gobierno de Moreno.
Por ello, es difícil saber si Ecuador seguirá en la senda política en la que lo encaminó Correa. De ser así, el actual diferendo diplomático con Bolivia y Venezuela han enrarecido el ambiente y, dado lo polarizadas que están las cosas, todavía es pronto para afirmar hacia dónde conduce esta situación.
