La historia de la primera Iglesia confirma que sin la fuerza del Espíritu Santo no se habría constituido: Pentecostés (Hch 2,1 13). El Espíritu Santo es el Don del Señor Resucitado a la comunidad (Hch 2,33). Lo que Jesús había anunciado se hace presente en la Iglesia con toda la fuerza (Hch 1,5; 11,15), para extender la salvación realizada en la muerte y resurrección de Jesús. El testimonio de los evangelios es una reflexión posterior, que el Espíritu revela a las comunidades (especialmente en sus autores inspirados) como resultado de la experiencia pentecostal y de la irrupción del mismo Espíritu en la vida de los discípulos, haciéndoles ver (conocer) que tal experiencia es la del mismo Espíritu de Jesús, que él mismo había prometido (Hch 1,8). La vida de los cristianos es según el Espíritu, para lo cual se ha establecido una celebración sacramental (Hch 8,15 17).
Es de ahí, que el Espíritu conduce a los discípulos a la verdad plena (Jn 16,13) y les descubre lo que no podrían conocer (Jn 12,16); pero sobre todo dará testimonio del mismo Jesucristo y de su relación con el Padre (Jn 14,20). El Espíritu está presente en la confesión de fe de los creyentes y en la vida de Jesús. El Espíritu es presencia más que palabra. Es la luz bajo la que el creyente puede ver a Jesús como Hijo, es la luz interior que ilumina la inteligencia para conocer a Dios y su acción en el mundo. El Espíritu no se muestra a sí mismo, sino a través de acciones, signos, manifestaciones.
El Espíritu es enviado por el Padre y por el Hijo, los textos son múltiples (Mt,10,20; Jn 15,26; Ga 4,6). Este es el punto de partida de toda la doctrina trinitaria. Del envío se puede com¬prender la procedencia del Espíritu respecto del Padre y del Hijo. Posee la misma divinidad del Padre y del Hijo, se relaciona con ellos, no es un ser creado. Los creyentes se vinculan con él de la misma manera que con el Padre y el Hijo, el Espíritu da vida y es Santo.
Desde el pecado de Adán, toda la creación esperaba la manifestación gloriosa de los hijos de Dios (Rm 8,19). En la plenitud de los tiempos ha sido enviado el Hijo de Dios que, por su Espíritu nos ha hecho ser hijos adoptivos. Por tanto, el tiempo escatológico y la resurrección están ya presentes en nosotros desde el bautismo dado por quien ha resucitado. La presencia del Espíritu es signo del tiempo mesiánico (Lc 4,18). Se nos da el Espíritu, que es una primicia de la salvación, una esperanza real de la salvación y anticipo de la misma.
La nueva creación nacida del Espíritu es la Iglesia. Iglesia y Espíritu son inseparables: la experiencia del Espíritu se hace en la Iglesia y da acceso al misterio de la Iglesia. La vida de nosotros como cristianos es en el Espíritu, lo que nos permite encuadrarnos en las coordenadas de este mundo, haciéndonos vivir ya en el nuevo tiempo, o el "kairos" de la gracia, lo que produce en cada uno de nosotros y nosotras una nueva criatura. Vivir en el Espíritu se contrapone a vivir según la carne (limitaciones, debilidad); es el modo de vida pleno y la existencia actual del Resucitado, que es Señor. El Espíritu obra en el interior, en lo cotidiano, haciéndonos hombre libres ante el pecado (Rm 8,2), ante la Ley (Ga 3,5) y ante la muerte (1Co 15,54b 55). Uno solo Espíritu es el que anima a Jesús y a los que se unen a Él (1Co 6,17; Ef 2,18). La Iglesia es verdadero sacramento del Espíritu Santo, que desde Pentecostés está grávida de las fuerzas de Cristo Resucitado.
