La propuesta de prohibir la venta de alcohol a partir de la medianoche es una muestra de que algunas de nuestras autoridades no tienen idea de lo que significa el turismo como generador de divisas para una región.
La propuesta es una consecuencia de la sensación de inseguridad ciudadana que ha ido creciendo en nuestra ciudad en la misma proporción que la delincuencia.
El consumo de bebidas alcohólicas ha sido identificado como una de las causas para el incremento de la actividad delictiva y se cree que, al prohibir su expendio, se estaría poniendo solución o, cuando menos, se afectaría al crimen organizando.
Quien crea algo semejante demuestra que es excesivamente ingenuo o, para decirlo sin eufemismos, un estúpido de marca mayor.
Si a los delincuentes les gusta beber, les importará poco que los locales de expendio se cierren a la medianoche. Ellos conseguirán las bebidas por otra vía, generalmente ilegal, así que la medida no les afecta en nada. Por el contrario, puede generar un efecto opuesto ya que los criminales podrían comenzar a lucrar con la venta clandestina de alcohol. Eso fue lo que ocurrió en Chicago, Estados Unidos, en la década de 1930 y fue la base para el surgimiento de organizaciones mafiosas como la de Alfonso Capone.
Las personas que, sin ser criminales, quieran consumir bebidas a partir de la medianoche también encontrarán la forma de hacerlo y, si no las compran en otro horario para guardarlas, fácilmente recurrirán a la venta clandestina.
Por tanto, prohibir la venta de bebidas es un medida no solo inadecuada sino estúpida e ignorante.
El único afectado por semejante medida será el turismo que ya tiene serios problemas para desarrollarse en una ciudad que, si bien tiene insuperables atractivos, no puede librarse de sus taras provincianas que le impiden ver las cosas como realmente son.
El turismo, como bien saben sus operadores, no se limita a visitar determinados lugares porque está vinculado a una larga cadena de servicios que incluyen hotelería, gastronomía y diversión.
Los visitantes que lleguen a Potosí visitan sus atractivos por el día y, al caer la noche, quieren salir a divertirse. Pensar que se quedan en sus hoteles a mirar la televisión no solo es ingenuo sino hasta estúpido. Esa verdad de Perogrullo significa que los potosinos debemos ofrecer alternativas al turista para la noche, hay que darle posibilidades de diversión nocturna pero, ¿qué hacemos en cambio?... limitar, todavía más, el funcionamiento de los únicos locales de diversión nocturna.
La prohibición en la venta de alcohol a partir de la medianoche no solo afecta a licorerías y tiendas de barrio sino, fundamentalmente, a los bares y karaokes.
Estos servicios deberían mejorar y ofrecer calidad pero, ¿cómo podemos exigirles eso cuando nos pasamos la vida entorpeciendo su trabajo?
Es de esperar que, si las autoridades leen este editorial —porque hay algunas que no llegan ni a eso— reflexionen en su propuesta y encuentren mejores soluciones al problema de la criminalidad en Potosí.
