El presidente brasileño, Michel Temer, cumplió ayer un año de Gobierno efectivo, bajo la amenaza de volver a enfrentar una denuncia por corrupción, con la economía aún en crisis y su popularidad en el suelo, pero con un fuerte apoyo del Congreso.
Las turbulencias políticas que hace un año llevaron a la destitución de Dilma Rousseff por supuestas irregularidades fiscales y a la ascensión al poder de Temer aún no se superan, condicionan la recuperación económica del país y mantienen la incertidumbre.
Temer, como vicepresidente, sustituyó a Rousseff en mayo de 2016, cuando comenzó el proceso de destitución, y luego fue confirmado en el cargo cuando se concretó el desalojo de la mandataria, acusada de irregularidades presupuestarias.
