George Shultz, el secretario estadounidense de Estado que ayudó a acabar con la Guerra Fría pero también impulsó los polémicos ataques preventivos, falleció el sábado a los 100 años.
Profesor de Economía que se veía así mismo más como un experto con datos que como un ideólogo, Shultz contó con la rara distinción de desempeñar cuatro cargos diferentes del gabinete.
El presidente Joe Biden dijo que “pocas personas hicieron tanto para moldear la trayectoria de la diplomacia estadounidense y la influencia estadounidense en el siglo XX” como Shultz.
“Lamento que, como presidente, no pueda beneficiarme de su sabiduría como muchos de mis predecesores”, dijo Biden en un comunicado.
El secretario de Estado, Antony Blinken, describió a Shultz como una “leyenda” y un “visionario”.
“Ayudó a lograr la mayor hazaña geopolítica de la época: un final pacífico de la Guerra Fría”, dijo en un comunicado.
En la Casa Blanca de Ronald Reagan, famosa por sus luchas internas, Shultz era una de las figuras menos controvertidas. Cultivó vínculos cordiales con el Congreso y la prensa y, más crucialmente, contó con el sólido apoyo del propio presidente, que le mantuvo como jefe de la diplomacia durante seis años y medio.
A comienzos de 1983, apenas medio año después de llegar al cargo, Shultz regresó de China y fue invitado por Nancy Reagan a una cena informal en la Casa Blanca, donde le pareció que el famoso presidente anticomunista se mostraba ansioso por encontrarse con los soviéticos.
“Nunca había tenido una sesión extensa con un líder importante de un país comunista y pude sentir que disfrutaría de una oportunidad así”, escribió Shultz en sus memorias, “Turmoil and Triumph”.
Días después, llevó al embajador soviético a la Casa Blanca en un coche sin identificar para un encuentro secreto con Reagan, quien presionó a Moscú para que permitiera la emigración de los cristianos pentecostales que habían pedido refugio en la embajada de Estados Unidos.
Los soviéticos cumplieron discretamente. El inesperado papel de Reagan como negociador con el superpoder al que él mismo había calificado de “imperio del mal” había comenzado.
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