La situación en los alrededores de la cárcel al norte de Brasil en la que murieron 57 presos el lunes por un enfrentamiento de facciones criminales era de caos ayer y el hedor que dejó tras de sí la matanza hizo casi que obligatorio el uso de tapabocas para poder soportarlo.
En medio del calor y la humedad característicos de Altamira, localidad del amazónico estado de Pará, familiares esperaban por información de sus parientes ante la incertidumbre de saber si estaban vivos o muertos. En la tarde, solo diez de los 57 cuerpos habían sido identificados.
Una sangrienta disputa en el Centro de Recuperación Regional, entre las facciones criminales Comando Rojo y Comando Clase A, acabó con 16 reclusos decapitados y otros 41 perecieron debido al humo que se extendió por el complejo después de que los atacantes prendieran fuego.
