Rusia, que reabrió ayer el estrecho de Kerch, pero no liberó los tres buques ucranianos apresados, y Ucrania, que logró que la comunidad internacional condene a Moscú, mantuvieron ayer el pulso tras el incidente naval del domingo 25 en el mar Negro.
Fiel al viejo dogma de que la mejor defensa es un buen ataque, el Kremlin se mantuvo en sus trece y acusó a Kiev de protagonizar una "provocación muy peligrosa", que estaría destinada a instigar la tensión en la región y culpar a Rusia para que Occidente adopte nuevas sanciones contra Moscú.
El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, acortó su participación en un acto de la Unesco para tratar la crisis con el país vecino, al que acusó abiertamente de violar la soberanía de Rusia y de infringir un sinnúmero de tratados y convenciones del derecho internacional. Llamó a Occidente a "calmar" a su socio.
Tanto Ucrania como las cancillerías occidentales rechazaron de plano dicho argumento, ya que nunca reconocieron la anexión rusa de la península de Crimea, en cuyas aguas tuvo lugar la supuesta violación de las aguas territoriales rusas por parte de la Armada ucraniana.
Al presidente ruso, Vladímir Putin, le aguarda un recibimiento poco cálido durante la cumbre del G20 en Buenos Aires, donde esperaba hablar con su colega estadounidense, Donald Trump, sobre desarme nuclear, un aspecto que podría pasar a segundo plano debido a la crisis del estrecho de Kerch, que une los mares Negro y de Azov.
Además, Moscú entregó una nota de "firme protesta" al encargado de negocios de Ucrania, que fue citado en la Cancillería para expresarle que "toda la responsabilidad de una evolución negativa del conflicto creado por culpa de Kiev en las aguas de los mares Negro y Azov reside plenamente en la parte ucraniana".
Las autoridades rusas reabrieron el estrecho de Kerch, que fue cerrado el domingo para impedir el paso de los tres buques de la Armada ucraniana que se dirigían del puerto de Odessa, en el mar Negro, al de Mariúpol, en el Azov.
