En pleno siglo XXI la denominada “globalización” pasó a ser excluyente y no incluyente principalmente para los sectores menos favorecidos. La labor de los estibadores en Villazón se ha convertido muy riesgoso en tiempo de pandemia porque tienen que recurrir a pasos clandestinos para sobrevivir. El paso fronterizo Bolivia-Argentina permanece cerrado desde marzo por la pandemia del coronavirus.
En tiempo de la enfermedad, que pone en vilo a todo el mundo, la integración en el paso fronterizo Villazón-La Quiaca se ha convertido en un lugar de sufrimiento físico y psíquico.
La injusticia, la humillación, la dominación y el sometimiento a la cual están expuestas las familias bolivianas es el pan de cada día en la línea divisoria entre Estados. El abuso que soportan los estibadores de parte de los gendarmes argentinos es peor que en tiempos de la inquisición del siglo XVI.
Las más de 3 mil familias que viven de transportar alimentos sobre sus espaldas están sometidas a la arbitrariedad y pasan un verdadero calvario. No hace mucho una patrulla de la Gendarmería Argentina mató a una mujer de 30 años.
Las llantas del vehículo, con el que patrullaba, pasaron por encima de la mujer.
El Potosí estuvo en el lugar y visualizó esa situación de injusticia y desigualdad a la que están sometidas las familias bolivianas por el cierre de la frontera. Soportar esa injusticia por inyectar circulante a una Argentina devaluada es una total iniquidad.
Los estibadores piden al nuevo Gobierno del presidente Luis Arce agilizar las gestiones con su similar Alberto Fernández para abrir el paso fronterizo Villazón-La Quiaca para evitar más abusos.
Aunque el traslado de productos alimenticios desde el vecino país a territorio nacional sigue por pasos clandestinos, el cierre de la frontera afectó la economía de las familias.
¿CORRUPCIÓN?
El control que ejercen los gendarmes argentinos estaría presuntamente asociado a la corrupción porque los productos incautados a los estibadores que son sorprendidos en territorio argentino no se sabe dónde va a parar.
“Por la prensa Argentina (La Quiaca) nunca se informa qué hacen con todo lo que nos incautan”, dijo un estibador que sobre su espalda tenía más de 80 kilos en mercadería.
“A mí me han detenido. Era un gendarme alto y otro con uniforme gordo, gordo. El gordo me ha sacado fotografía y me ha dicho que jamás voy a pisar suelo argentino por el resto de mi vida. Ya estoy cansado de estos indios, me ha dicho”, contó una mujer que pasó a la Quiaca a proveerse de alimentos y que no es estibadora.
“Me han quitado los alfajores, gelatinas y leche que estaba llevando para mis hijos. Me he puesto a llorar y me he negado a dar la leche porque era para mis hijos”, contó a El Potosí.
Por día pasan cientos de estibadores para comprar mercadería e introducir a territorio boliviano. Son los “modernos esclavos”, que si bien no perdieron su libertad, pero sí sus derechos propios por estar sometidos a la voluntad y dominio de las personas que los contratan para pasar mercadería.
El proceso de trabajo es riesgoso, al margen de los detallados, para la salud de los trabajadores, debido al peso extremadamente excesivo que manejan sobre sus espaldas.
La fuerza de trabajo que emplean mujeres y hombres, entre adolescentes y personas mayores, es manual en tiempo de pandemia, antes usaban carritos pero ahora la frontera está cerrada.
“CAMPANAS”
La actividad en el límite fronterizo es casi las 24 horas por el cierre de la frontera. Los estibadores terrestres se dan modos para burlar el control de los gendarmes. Usan “campanas” para ser advertidos de la presencia de los gendarmes. Ese trabajo tiene el fin de evitar que la mercadería sea incautada. “¡Alto, alto!”, grita una mujer “campana” y hace una seña con la mano. “¡Regresen! Regresen rápido, viene la camioneta”. Entre tanto, los estibadores permanecen en el río cargados de la mercadería.
Nuevamente hacen el intento de pasar al lado boliviano, pero a lo lejos se escucha, otra vez: “¡Retrocedan, retrocedan rápido! Vienen las motocicletas”, alerta la “campana”. Según una estibadora, lo peor es cuando los gendarmes largan a sus perros. “Ahí ya no puede hacer nada. El perro te ataca y te puede dejar un buen tiempo en el hospital”, dijo una mujer que esperaba la comunicación para pasar.
“¡Ahora, ahora!”. Esa palabra corre como reguero de pólvora entre todos e inmediatamente se paran y empiezan a correr aproximadamente un kilómetro y medio. Ese es el paso fronterizo que usan ahora debido a que el otro, donde hubo conflictos con la Policía de Jujuy, hay mayor control.
Antes de sacar los productos a territorio boliviano, las tiendas comerciales son un hormigueo de gente que compra especialmente en La Quiaca. En pleno casco céntrico de esa localidad argentina hay un movimiento económico calculado en millones de pesos diarios. Temprano, y a toda hora, camiones de gran capacidad de tonelaje circulan por las estrechas calles a fin de descargar todo tipo de mercadería desde pañales, bebidas, lácteos y todo lo que el ser humano puede consumir o vender en el mercado boliviano.
Es cuando intervienen estibadores. “El trabajo honra”, dice una antigua frase popular. Sin embargo, la actividad representa una de las peores formas de trabajo, tanto para mujeres, hombres, adolescentes y, por qué no decir, hasta niños.
Las calles de La Quiaca se transforman en un incesante ir y venir de personas, pero al mediodía argentino, todos desaparecen porque las tiendas se cierran. Es cuando, como hormigas, transportan todo tipo de productos al lado boliviano.
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