Dentro de las varias historias que se generaron en el desarrollo de los Juegos Olímpicos de Río 2016, una ha cobrado gran interés en los últimos días. Se trata del pesista norcoreano Om Yun-Chol que asombró al mundo al declarar que, al solo haber conseguido la medalla de plata para su país, lo más seguro era que estaba sentenciado a muerte.
Lo más curioso del caso es que el atleta estaba consciente de aquello y lo aceptaba resignado, ya que no pudo conseguir la presea dorada en la categoría de los 56 kilogramos —que ya había logrado en Londres 2012—, tras ser superado por el chino Long Qingquan que obtuvo el primer lugar.
“Sé que no podré volver a competir nunca más, pues he deshonrado a mi pueblo y avergonzado a mi líder. Estoy seguro que al regresar a mi país, el líder supremo Kim Jong-Un dará la orden de asesinarme por no haber representado dignamente Corea del Norte”, manifestó Yun-Chol ante la sorpresa de los medios.
Lo que para muchos sería uno de los más grandes logros para su carrera deportiva, para el representante norcoreano es un fracaso porque la rigidez de sus autoridades no permiten errores y exigen la excelencia.
Yun-Chol no festejó como lo hubiera hecho un participante de otro país, ya que conoce su cultura y las normas de su nación. “Kim Jong-il (su líder y jefe de Estado) siempre será mi inspiración y siento no haber sido capaz de recompensarle con una medalla de oro. No creo que pueda ser un héroe para mi pueblo con una de plata”, se lamentó el deportista, que se quedó con ganas de más gloria.
“No le temo a la muerte, estoy convencido de que es la única forma de pagar mi gratitud”.
