Gary Prado, que en 1967 tenía 28 años y llevaba uno de capitán, será siempre recordado como el hombre que apresó al Che. "Lo entregué vivo... y luego lo mataron", se explica.
Esa es una de las líneas del reportaje "El hombre que mató al Che", publicado el domingo 23 de noviembre de 2015 en el suplemento Crónica del diario El Mundo, de España,con las firmas del periodista español Ildefonso Olmedo y el director de contenidos de este diario, Juan José Toro.
La publicación tuvo difusión mundial, porque identificaba plenamente, después de casi medio siglo, al asesino del Che Guevara, Mario Terán Salazar.
Ernesto Guevara de la Serna, conocido históricamente como el Che, fue uno de los ideólogos y comandantes de la revolución cubana y llegó a Bolivia con la intención de motivar un alzamiento armado sobre la base de los mineros. Fue capturado el 8 de octubre de 1867 y ejecutado al día siguiente.
Este es el relato de su captura, extraído del referido reportaje:
El 8 de octubre de 1967, cuando llegó la hora de la batalla final del Ejército boliviano con el ya acorralado grupo guerrillero del Che, el sargento Mario Terán Salazar estaba allí, moviéndose entre las quebradas del terreno. Amanecía cuando el subteniente Carlos Pérez, al frente de la compañía A estacionada en La Higuera, y en la que figuraba Terán, pidió al capitán Prado que verificara la información del campesino Honorato Rojas: la presencia de 17 hombres extraños en las quebradas de las proximidades, del Churo y la Tusca. Pronto comenzó el combate. Murieron el grueso de los guerrilleros y muchos soldados. Desde las alturas del terreno, Gary Prado dispuso a sus hombres para cortar la huida a quienes intentaran escapar de la encerrona, con fuego de mortero y ametralladora. Cuando el Che, herido y jadeando por el asma, asomó la cabeza quebrada arriba, tras una subida por un paredón, su suerte estaba echada. «Mi capitán, mi capitán, aquí hay dos [el propio Che y el boliviano Simón Cuba Willy], los hemos agarrado», gritó un soldado. Eran las 15.30 horas del 8 de octubre en la quebrada del Churo, a tres kilómetros del poblado de La Higuera. Palabra de Gary Prado:

—¿Quién es usted? —pregunté al más alto antes de pedirle que me mostrara la mano izquierda para verificar la cicatriz que sabía que tenía en el dorso. Llevaba una boina negra con el emblema del CITE, uniforme de soldado completamente sucio, una chamarra azul con capucha y el pecho casi desnudo, pues la blusa no tenía botones...
—Soy Che Guevara —me respondió en voz baja—, me destrozaron el arma cuando su ametralladora empezó a disparar. Supongo que no me van a matar, valgo más para ustedes vivo que muerto... ¿No le parece, capitán, una crueldad tener a un herido amarrado?
Lo teníamos atado a un pequeño árbol, y entonces me mostró la pantorrilla. Y vi que tenía un proyectil. "Desátenle las manos", ordené. Fue cuando me pidió agua, y yo que me acordé de Himmler y algunos jerarcas nazis que se suicidaron con una cápsula de veneno al ser apresados, le di de beber de mi propia cantimplora, evitando la suya. Le ofrecí luego tabaco. "Es muy suave ese Pacific... ¿tiene alguien Astoria?", se dirigió a mis soldados.
La radio PRC-10 que Gary Prado llevaba consigo no tardó en transmitir a Vallegrande la captura del Che: "Tengo a Papá y Willy. Papá herido leve. Combate continúa. Capitán Prado".
Cuando capitán y guerrillero abatido se vieron por última vez, el Che tenía los ojos cerrados y la mandíbula abierta. Lo ataban a los patines del helicóptero que lo llevaría a Vallegrande, y Gary Prado tomó su verde pañuelo militar y se lo ató en la cabeza al Che para encajarle la quijada. Llegó a su destino con la boca cerrada y, "seguro que por el viento", los ojos abiertos y más grandes que nunca. "Él me seguía con la mirada. Unos ojos grandes, vivos. Yo iba para un lado y me miraban, iba para el otro lado y me miraban", cuenta la enfermera Susana Osinaga, a la que se encomendó que lo lavara, afeitara y peinara. Hasta le enfundó un pijama limpio, y tan reluciente quedó -frente a sus compañeros, amontonados a los pies de los fregaderos de la lavandería del hospital Nuestro Señor de Malta, inmundos, con expresión de fieras vencidas-, que enseguida el teniente coronel Andrés Selich ordenó revestirlo con sus ropas ensangrentadas. Las ya históricas fotos de Freddy Alborta del Che difunto en Vallegrande dan fe de todo ello. Y de la expectación que arrastró hasta el último momento: más de un millar de personas visitó la lavandería aquel 10 de octubre de 1967.

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