En la sala de exposiciones temporales del Museo Nacional de Colombia yace la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá, sin el brazo que sujetaba su espada y acostada en el suelo, tal y como cayó cuando fue derribada en mayo de 2021 por indígenas misak, que ahora la han intervenido artísticamente, resignificándola.
El museo era antes el antiguo centro penitenciario de Cundinamarca, una construcción algo hostil en la que quedan reminiscencias de la cárcel, como los barrotes en las ventanas, el oscuro ladrillo y el aire que se respira en el patio, ahora hecho jardín.
“Hemos traído la estatua a este museo porque es en la cárcel donde deberían estar todos esos monumentos”, reivindica a EFE Indy Fernández, integrante del pueblo misak y parte del Movimiento de Autoridades Indígenas del Sur Occidente (AISO), partido político indígena que agrupa a los pueblos misak, nasa y pijao.
A pesar de sus dimensiones, el monumento de Jiménez de Quesada resulta pequeño en el centro de la sala y rodeado de una inmensa bandera colombiana y otras estatuillas rotas de menor tamaño réplicas de la original.
