Nuestra ciudad, Potosí, tiene una larga historia enfrentando epidemias y crisis producidas por virus incontrolables para los recursos científicos de su tiempo, muchas de ellas incomprensibles para la mentalidad barroca del potosino de los siglos XVI y XVII, mentalidad recargada de supersticiones que únicamente podían disiparse con el inefable amparo de la férrea religiosidad practicada en aquellos años de esplendor para el Papa de Roma.
A más de contar con médicos en los dos hospitales de la Villa imperial, y existir numerosas boticas con farmacéuticos profesionales para preparar recetas en base a compuestos magistrales, los vecinos de esta agitada urbe no lograban superar las epidemias por sus escasas costumbres de limpieza, claro está, en tiempos en los cuales la asepsia no fue para nada un componente importante en la calidad de vida.
Acaso por encontrar respuestas divinas a misterios humanos, los potosinos de antaño juzgaron no tener ningún remedio científicamente elaborado para enfrentar un brote de sarampión que acosó sin tregua a los moradores de la Villa Imperial desde 1615 en adelante, asolando barrios enteros, causando la muerte a niños y adultos sin ninguna piedad. Tal fue el estupor que el Ilustre Cabildo, atendiendo las recomendaciones de los piadosos patricios de la Villa, adoptó por santo patrono contra la peste al patriarca San Ignacio de Loyola, célebre fundador de la Compañía de Jesús.
Sea por los rezos de los piadosos potosinos, o por la caridad divina, o tal vez por el ciclo natural de la epidemia la Villa Imperial superó la peste durante la primera mitad del siglo XVII. San Ignacio de Loyola había triunfado.
