Me lo contó Viviana Saavedra, la productora de la película: “Cuando los hombres quedan solos” tenía más imágenes y escenas de Potosí, donde debía desarrollarse una historia paralela a la de Carlos (padre), pero, a medida que se avanzó con la postproducción, la historia del paramilitar que se recluye en su casa, donde guarda la documentación de la dictadura, creció tanto que terminó comiéndose a la historia potosina.
No debería extrañarnos y mucho menos molestarnos. La película póstuma de Fernando Martínez es tan poderosa que yo, tan potosino como él, no la imagino de otra forma. Quizás la historia de Alberto, el tercero del “trío de la muerte”, desarrollando una vida de empresario minero en las oquedades del Sumaj Orcko, nos hubiera distraído de la historia principal, la que no tiene un interés regional sino nacional: la dictadura.
Y es que a despecho de David Santalla, que hace un soberbio papel en drama —tanto que nos hace olvidar totalmente al comediante—, la verdadera protagonista de esta película es la dictadura. Está presente al principio de la película y se extiende a lo largo de toda ella. La historia cinematográfica, a la que los “flashback” no interrumpen sino nutren, ha debido ser trabajada por Wilmer Urrelo porque se nota su sello.
Por lo poco que pude leer de la película, la historia original giraba en torno a los niños, los hijos de Carlos hijo, pero terminó siendo enfoque de la dictadura nomás. Es más… el guión, publicado en el libro “El cine según Martínez”, revela que debió comenzar con los paramilitares detrás de Arce Gómez pero, al final, la película se decantó por un inicio directo.
Sale ganando el espectador porque se queda con una historia sin complejidad pero fuerte, poderosa, digna de verse.
