El domingo 28 de julio, Joan Báez, la madre mundial del género de música de protesta, se fue para siempre de los escenarios de música “en vivo”. No “colgó los botines”, en jerga futbolera, por su pública disidencia con Trump, de quien dice que es “el rey de la mentira, igual que Hitler, pero menos inteligente”, sino por su conciencia plena del desgaste de su bella y poderosa voz. Tiene 78 años y no cantará más, pero seguirá activa por las causas justas y luchando –como siempre– por los débiles y la paz mundial.
Sin embargo, quienes la admiramos y los que nos siguen, tendremos la posibilidad de seguir escuchando su inmenso legado de canciones y valorar su ejemplo de militancia por la vida, por la justicia y por el amor, y también sabremos que ella se fue feliz. “Estoy muy agradecida por mi vida, es una vida extraordinaria”, le dijo a la Televisión Española antes de su “grand finale”.
Y tiene razón. Su vida fue y seguirá siendo extraordinaria, incluso para los que no la conocen. Les recuerdo que ella y Bob Dylan fueron los más grandes de la música de protesta en los años 60 y 70. Les enseñaron a nuestros abuelos y padres que en lugar de un arma se podía empuñar una guitarra y cantar por la paz mundial, para parar el sin sentido de la guerra de Vietnam, emocionando una generación entera, hasta las lágrimas… de humanidad.
Eran los tiempos del blanco y negro, o estabas con Luther King o contra el en su lucha por la igualdad racial. Militar por una causa era incluso, un desafío vital y ellos optaron por la defensa de la igualdad, convirtiéndose en un símbolo blanco de esta lucha y por eso los eligieron para que le pongan música a esa marcha icónica y al famoso discurso “I have a dream” de Martin Luther King, en su mensaje eterno a la igualdad racial.
Los que escuchamos alguna vez –o siempre– la canción protesta, debemos agradecerle por sembrar en Silvios, Pablos, Mercedes, Sabinas, Violetas, Benjos, Charlys, Fitos y tantos otros, las semillas de un género, que mezclaba el blues y el folk con palabras sencillas sobre la vida, la justicia, la belleza y el amor. Pocos se salvan, solo Arjona y Maluma creo, de ese inmenso y feliz conjuro musical.
Pero no se confundan, Báez, hija de un médico mexicano, nacida en Nueva York, no solo se convirtió en “la voz de los sin voz”, enamoró con ella a Bob, haciendo que este diga, luego de una noche de bohemia que “el español era la lengua del amor”.
Báez conoció a Bob cuando el “casi” no existía musicalmente, vio en él un “diamante” en bruto y lo invitó a componer para ella. Luego lo invitó a que sea su telonero, después a cantar juntos y, finalmente, a luchar unidos por la justicia y la vida.
Bob la siguió, se convirtieron en pareja inseparable, hasta que él se convirtió en un éxito mundial. En ese momento, simplemente la dejó y Báez conoció el “óxido” de Bob. Lo que más la afectó es que primero Dylan la dejó sola en su militancia por la vida y luego, que para sorpresa de Báez, sin decir adiós, al más puro estilo Trump, se casó con una conejita de Play Boy.
Báez, por otro lado, se hizo más conocida por su lucha contra la discriminación racial y sexual y el apoyo constante al Tercer Mundo. “Play Me Backwards” es considerado por la crítica como el mejor disco de su carrera, un himno a la igualdad.
