Río de Janeiro es una ciudad peculiar. Las voces y la música resuenan en las fachadas de edificios coloniales ya hoy decadentes. Las calles angostas del centro histórico desembocan en señoriales avenidas abarrotadas de cariocas sin prisa. Centenas de motos serpentean a ritmo frenético entre los cotidianos embotellamientos. La luz que baña su horizonte montañoso, a cualquier hora del día, es hipnotizante. Y cuando se pone el sol, la urbe le cede su protagonismo a los coloridos bares de barrio, con salones vacíos y terrazas repletas de personas a pie de calle sedientas de conversación tras un largo trayecto de transporte público.
En el imaginario colectivo, Río es capital de múltiples proyecciones sociales. Ahora, esta atractiva y enigmática ciudad es también capital mundial de la arquitectura, tal y como reconoció este 18 de enero la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). En 2014, esta ciudad superó las propuestas de París y Melbourne, y se convirtió en la sede elegida del próximo Congreso Mundial de la Arquitectura en 2020. Un evento que llevará aparejado, a partir de ahora, el galardón de capital de la arquitectura para las subsecuentes ciudades anfitrionas del Congreso.
