Potosí, otoño de 2015: Era una tarde cualquiera, de esas que pasan sin percibir. Me encontraba en la oficina de Comunicación de la Gobernación, en mitad del trabajo rutinario. De pronto, oí unos pasos que se acercaban lentamente y ante mí se descubrió su silueta.
—Periodista— dijo —vine a visitarle, deseo hablar con usted— agregó. Alce la vista, y frente a mí se encontraba, el doctor Ismael Mendivil.
—Si doctor— asentí— ¿en qué puedo servirle?— contesté con mucho respeto.
Mientras respondía, miré el rostro del doctor Mendivil, me percaté que los años no habían pasado en vano, sus ojos vivaces eran dos diamantes en su rostro, gastado por la vida, cubierto de arrugas que –seguramente– vieron pasar el tiempo y la historia de esta ciudad que él tanto amó.
—Tome asiento— le dije y empezamos la conversación. Volvió a repetir:
—Periodista, yo lo aprecio y respeto a usted, por eso pensé en usted para que hagamos un proyecto para esta ciudad a la que tanto amamos —dijo.
—¿Qué proyecto? —quise saber.
Él volvió a replicar: —Yo tengo amigos en Europa que me ayudaron a realizar varias obras, para el desarrollo de nuestra ciudad y este es uno de ellos. Todavía no puedo decir de lo que se trata, pero mañana vendré con el proyecto y tú podrás estudiarlo, pero no avises a nadie… ¿me lo prometes? —interrogó.
—Claro que sí —contesté sin dudar. Aproveché la oportunidad para recordarle que él era un ejemplo para mí. Le expliqué que a mí también me gusta el ajedrez y por lo que sabía mi ilustre visitante fue campeón nacional de ajedrez y participó en varios torneos.
—Sí, es cierto —dijo—. Mañana traeré junto al proyecto un regalo para que lo estudies y veas mis participaciones en Europa y el mundo —me aseguró.
—Gracias —dije. Le acompañé a la puerta de salida de la Gobernación. Noté, en el trayecto, que sus pies ya no le respondían. La edad y el tiempo lo estaban derrotando, su caminar era muy lento, casi arrastraba los pies.
Me despedí y aunque me impresionó, por las muchas actividades que tenía, no di mucha importancia al hecho y continúe con mis ocupaciones diarias.
Al día siguiente, en la tarde y al entrar al edificio de la Gobernación, me fije que el doctor Ismael Mendivil ya me esperaba sentado en la silla a lado del policía que controla la entrada. De inmediato fui a saludarle, lo llevé a la oficina, entró con cuidado y le ofrecí asiento.
Aquel día él tenía un carácter muy afable, antes de tocar el tema del proyecto hablamos de ajedrez, de sus experiencias, me contó que viajó a lugares que él jamás pensó que iba conocer. Empezó a recordar sus aventuras de ajedrecista, dijo que conoció varios países de Europa, y participó en varios torneos, remarcó que jugó partidas con Bobby Fischer, excampeón mundial de ajedrez.
—Los rusos perdieron la hegemonía ajedrecística del mundo, hoy los buenos ajedrecistas están en la India y otros países, sus perfectas maniobras –hasta las más elementales celadas– son dignas de estudio. Los padres podrían guiar a sus hijos dentro como fuera del tablero. Las dificultades de la vida, mientras más complicadas, son más interesantes: unas, sobre el enorme terreno que vivimos y otras, en el pequeño tablero, en que una casilla es más grande que un paisaje. Los que juegan ajedrez tienen ventaja en el diario vivir, porque todos los días es una batalla una guerra por sobrevivir.
Acto seguido, me entregó documentación de su propia elaboración: un compendio de ajedrez titulado “Mi participación oficial en torneos Internacionales”.
—Esto es para que lo estudies y veas mis virtudes y errores; aunque no logré tocar la cúspide, solo pude rosarla. Por este maravilloso juego, puedo decir que soy ciudadano del mundo, recorrí naciones continentes, mares y diferentes clases de territorios a la cual más bellos, compartí con diferentes clases de personas, bajo un solo idioma: el ajedrecístico. En este texto está algo de huella, no por una persona, sino de un representante oficial de un país de una época. Ojalá esto sirva de acicate, de dedicación a un deporte, se lo puede practicar sin diferencias, no solo físicas, sino sociales.
Luego me entregó dos volúmenes del proyecto “Las catacumbas de Potosí”, e inquirió:
—Esto tenemos que plasmarlo, tenemos que hacerlo realidad, por eso le escogí a usted, periodista, pensé en muchas personas, pero yo creo que usted cumple todos los requisitos: ama a esta tierra como la amo yo.
En ese momento entró Daisy Castro, mi compañera de trabajo a quien se la presente. Él la miró de pies a cabeza, parecía que la estaba estudiando, la saludó y luego le dijo:
—Usted puede ayudarnos, así que mañana le traeré una copia de este proyecto para que usted pueda leerla, pero por favor todavía no digan nada, te pido que hagas una carta al Viceministerio de Inversión Pública y Financiamiento Externo, firmada por ustedes. Las personas que financiaran este proyecto ya lo conocen, ya inicié las tratativas, ellos están de acuerdo en cooperarnos para dotar a esta hermosa ciudad, llena de tanta historia. En cada rincón, en cada esquina, en cada calle existe una historia insospechada de misterio, de leyenda que a cualquier turista le apasionaría conocerla, además dotaremos a esta ciudad de un mundo, el submundo que se halla oculto bajo nuestros pies y que es necesario que lo descubramos y abramos esta puerta oculta, para que nuestros hermanos potosinos puedan mejorar sus condiciones de vida.
Nos despedimos y recalco:
—No se olviden de enviar la carta, por favor.
De nuevo, no le di importancia a este hecho. En los siguientes días vino a preguntarnos si habíamos enviado la carta, y como no lo hicimos, nos exigió que lo hiciéramos.
Yo ni siquiera había revisado el proyecto ni el manual de ajedrez. Entonces, mandamos la carta, entregamos la copia y el recibo de envío. Él se marchó contento, diciendo que pronto recibiríamos noticias, no volvió más, hasta que un día le encontré en la calle, y me dijo:
—Periodista: el proyecto avanza ya vendré a visitarle con novedades.
No lo volví a ver por dos semanas, hasta que una mañana, cuando me alistaba en casa para ir a trabajar, mi esposa me comentó haber oído en la radio el aviso religioso del doctor Ismael Mendivil. No lo pude creer. “Pero, si recién hace pocos días, había conversado con él”. Por desgracia, era verdad: el doctor Ismael Mendivil había fallecido en la más completa soledad. Vivía solo, creo que no tenia parientes ni nada, seguramente murió en su cama, mientras dormía, pero lo triste es que estuvo varios días descomponiéndose, como no le importaría a nadie en esta ciudad a la que tanto aportó.
Seguro por la descomposición del cuerpo, los vecinos se dieron cuenta. Me enteré que lo enterraron en la más profunda soledad, como si este hombre grandioso no hubiese tenido ningún valor. Mi conciencia, empezó a juzgarme, a martirizarme porque no había hecho nada para darle más importancia a este gran hombre, que se acercó a mí de la forma más sencilla, sin ningún interés ni mezquindad.
No sé todavía por qué me escogió a mí para representar su proyecto. Recién empecé a leer el proyecto y el compendio de ajedrez. A medida que leía las paginas, pude adentrarme en la grandeza de este hombre humilde, pero gigante, que no le importaba hacer publicidad de lo que hacía.
Hoy quiero rendirle un homenaje póstumo, sé que su cuerpo ya no está aquí, pero su espíritu recorrerá nuestras calles coloniales buscando plasmar en realidad este proyecto de las Catacumbas que él inicio. Pero sé también que él me espera más allá de esta vida con los trebejos listos, para jugar una partida eterna…¡PAZ EN SU TUMBA…VALE UN POTOSI!…
¡PAZ EN SU TUMBA…VALE UN POTOSI!…
