RAÍCES Y ANTENAS

El Gran Poder de la economía naranja

​El departamento de La Paz acaba de cumplir 217 años. Llegó al cumpleaños medio golpeado del cuerpo y de su ajayu. Después de 53 días de bloqueos, la economía quedó con más hematomas que peleador del tinku. Astronómicas subidas de precios, empresas cerradas, caída de ventas, millones de bolivianos evaporados, familias angustiadas y una ciudad que escuchó demasiadas veces ese terrible sonido paceño: ¡Lakaj!… la economía besó la acera con su hocico.


​Sin embargo, si algo caracteriza a esta tierra es que nunca permanece mucho tiempo en el suelo. El paceño podrá renegar, protestar, reclamar que tiene solo dos estaciones: el invierno y la estación del teleférico, y decir 20 veces al día: “Ajjj… estoy caliente con este frío y bloqueos”, pero al día siguiente vuelve a abrir su negocio, levanta la chiwiña y sigue trabajando como si nada hubiera pasado.

​Eso también es capital económico. Es resiliencia en las venas. Es acción colectiva. Durante décadas nos enseñaron que el desarrollo consistía en atraer fábricas, carreteras, inversión extranjera y engordar el Estado central y el comercio. Todo eso sigue siendo importante, por supuesto. Pero el siglo XXI está demostrando que las regiones más inteligentes descubrieron otro secreto: la creatividad también produce riqueza. Y bastante. Solo que no hace humo. Hace cultura.

​Aquí aparece una economista, Mariana Mazzucato, quien sostiene algo aparentemente sencillo pero profundamente revolucionario: el Estado no debe limitarse a corregir los errores del mercado; también debe crear capacidades para producir nuevo valor para la sociedad. 

Según Mazzucato, “en todo el mundo, los gobiernos dicen que quieren economías que sean más innovadoras, inclusivas, colaborativas, resilientes y arraigadas en el lugar. El Carnaval (en general las fiestas y otras manifestaciones culturales) ya nos muestra cómo se ve esa economía. Ubica la creatividad junto a la producción, la identidad cultural junto a la innovación, la comunidad junto al espíritu empresarial, la coordinación pública junto a la participación cívica, el dinamismo económico junto al valor cultural. Sin embargo, los gobiernos continúan midiéndolo con marcos diseñados para capturar transacciones en lugar de transformación”.

​Traducido al castellano paceño: dejar de mirar la cultura con esa cara de “¡¡¡Uta!!! qué diciendo esta doñita, parece que se ha vestido”. No. La cultura, la fiesta, el folclore, la danza, la gastronomía pueden ser una política de industrialización de los servicios. Chequemos algunos ejemplos.

​Medellín. Durante décadas era conocida por razones que nadie quería mencionar. Sin embargo, decidió invertir en bibliotecas, parques, transporte por cable, innovación, universidades y espacios culturales. Descubrió que la mejor política de seguridad era producir oportunidades. Pasó de exportar miedo y drogas a exportar conocimiento. Y no fue realismo mágico. Fue política pública inteligente.

​Más impresionante aún resulta Seúl. Corea del Sur comprendió hace décadas que los dramas televisivos, la música, el cine, el diseño, los videojuegos y la gastronomía podían convertirse en industrias estratégicas. Hoy el llamado Hallyu genera miles de millones de dólares y ha convertido la cultura coreana en una de las exportaciones más rentables del planeta. Que tire la primera piedra quien no ha lagrimeado viendo una serie coreana.

​Mientras algunos siguen creyendo que bailar no produce riqueza, Corea descubrió que hasta una canción puede convertirse en una fábrica. Entonces uno se hace una preguntita…

​¿Y nosotros qué tenemos? Pues nada menos que la fiesta del Tata del Gran Poder y centenas de prestes al año. Y aquí viene nuestra miopía económica. Seguimos creyendo que el Gran Poder dura un sábado. ¡Yaaaaa… su huevada! Respondería una paceña de pura cepa.

​El Gran Poder y centenas de fiestas populares duran 12 meses. Miles de bordadores innovan permanentemente. Joyeros producen verdaderas obras de arte para los dientes y las orejas. Diseñadores reinventan trajes de mil colores cada año. Bandas ensayan durante meses con una disciplina admirable de quien sabe que tiene que soplar y beber 48 horas seguidas. 

Cocineras crearán decenas de platitos, bien servidos, para alegrar el duodeno y curar el cuerpo. Sastres confeccionarán ternitos con solapas como alas de murciélago y botapiés para lustrar kilómetros de calles. Zapateros harán zapatos que vuelan y disminuyen los callos. 

Floristas crearán jardines danzantes. Fotógrafos enloquecerán capturando miles de movimientos, coquetas caderas y sudores sospechosos. Productores audiovisuales filmarán hasta perder el juicio. Imprentas estamparán rezos kilométricos e invitaciones de siete páginas. 

Y transportistas llevarán tropas de turistas y recogerán los pedazos más alegres de la fiesta. Todos forman una gigantesca cadena de valor. Eso tiene nombre en economía. se llama conglomerado creativo y productivo. La economía naranja mostrando su mejor piel.

​Michael Porter estaría feliz caminando por la avenida Buenos Aires tomando apuntes. Junto al carnaval de Oruro, el Gran Poder no es solamente una entrada folclórica; es, probablemente, la mayor industria creativa que tiene Bolivia. Y posee una ventaja extraordinaria. Nadie puede deslocalizarla.

Nadie puede copiarla en Puno, aunque lo intentan. Nadie puede producirla más barata en China, porque la identidad no se importa en contenedores; se construye durante generaciones y con base en el capital humano local.

​El propio sistema del preste constituye una obra maestra de economía institucional. Familias enteras realizan enormes inversiones privadas para producir confianza, prestigio, cooperación y cohesión social. Los economistas llamamos a eso capital social. Los paceños simplemente dicen: “Oyeeis… qué capos, cheee”.

​Porque entienden intuitivamente que una comunidad funciona cuando todos terminan subiéndose al mismo minibús. Por supuesto, nadie está diciendo que una morenada resolverá el déficit fiscal. Sería tan absurdo como pensar que el tipo de cambio baja porque uno le grita: “¡Saaas… dólar, ya no subas, pues!”. ¡Y a bailar moreno! La macroeconomía sigue siendo macroeconomía. Pero también es cierto que las ciudades más exitosas del mundo dejaron de separar economía y cultura como si fueran dos primos que se pelearon en Navidad pobre. Las integraron.

​La Paz tiene minería del oro, servicios financieros, colegios y universidades de enorme prestigio, gastronomía, turismo, comercio y un patrimonio cultural extraordinario. El desafío consiste en dejar de pensar en cada sector como una isla. La verdadera riqueza aparece cuando todo conversa con todo. Cuando el diseñador trabaja con el artesano. Cuando la universidad investiga junto al bordador y el operador de turismo. Cuando la tecnología ayuda al músico. Cuando la gastronomía compra al productor rural. Cuando la ciudad deja de administrar la fiesta únicamente como un problema de tráfico.

​Porque, seamos sinceros, durante años la política pública ha hecho exactamente eso. Ha visto al Gran Poder y ¡rasssss! le ha hecho el cuerpo. Ha pasado de largo frente al mayor activo económico que posee la ciudad.

​Tal vez el mejor regalo para los próximos 200 años sea comprender que la fiesta no es solamente alegría; es productividad en cada paso de un llamero trovador. Es innovación en la máscara interna y externa del diablo. Es identidad hecha de sudor del alma. Es empleo que se goza. Es exportación que enorgullece. Y, sobre todo, es una forma profundamente paceña de producir riqueza.​
Porque pocas ciudades del mundo pueden decir que una banda de chusos, un bordado hecho a mano y un plato de fricasé forman parte de la misma estrategia de desarrollo. Y eso, queridos lectores, es exclamar sin miramientos: ¡Uuuuta… hermanito, bien rica está esa idea! ¿No ve?

​Antes que alguien se reclame y diga: ¡Waaah por qué sólo para La Paz! cabe aclarar que el análisis anterior y las propuestas se aplican al carnaval en toda Bolivia, al festival de música barroca; en suma, a todas las manifestaciones culturales del país. Así, ¿para qué nos vamos a apalabrar en vano? Mejor nos tomaremos un Cajjj y listo.

Gonzalo Chávez es economista.


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