Gabriel Mariaca Iturri (*)
Cada vez que un camión se queda varado en una carretera boliviana, rodeado de piedras, escombros y dinamita, la justificación que flota en el aire no es económica ni gremial; es mística. Se nos dice que el bloqueo es la factura cobrada por "500 años de opresión", el eco de una herida abierta que supuestamente arrastramos desde que los españoles pisaron el Altiplano. La politóloga italiana Donatella della Porta ya advirtió que la violencia de los grupos radicales nunca nace en el vacío institucional: necesita subculturas políticas que la legitimen y mitos antiguos que actúen como condensadores del resentimiento social. En Bolivia, ese mito matriz es la Leyenda Negra virreinal, una distorsión histórica de origen anglosajón que el Movimiento al Socialismo (MAS) convirtió en dogma de Estado para balcanizar el país y fracturar la convivencia ciudadana.
El problema de sostener un discurso político sobre la base de la victimización y el trauma es que, tarde o temprano, la realidad empírica te pasa la factura. Gracias al trabajo de historiadores contemporáneos como Elvira Roca Barea y Marcelo Gullo Omodeo, el relato de la opresión perpetua se está desmoronando bajo el peso de los datos. El indigenismo radical ha construido un pasado de caricatura para justificar un presente de chantaje.
Empecemos por la demografía, que suele ser la piedra en el zapato de los creadores de mitos. Si la Monarquía Hispánica en el Alto Perú hubiera funcionado como una maquinaria de exterminio y esclavitud sistemática —al estilo de las plantaciones británicas en Virginia o las brutales factorías azucareras francesas en el Caribe—, la población nativa habría desaparecido por completo en pocas generaciones. Sin embargo, al firmarse el Acta de Independencia en 1825, aproximadamente el 80% de la población de la naciente República de Bolivia era de origen indígena. Intentar sostener la tesis de un genocidio de tres siglos y terminar gobernando un territorio habitado abrumadoramente por las supuestas víctimas es una contradicción biológica e histórica insalvable que la retórica masista simplemente ignora para no dañar su relato.
La verdad jurídica es que el Imperio Español edificó provincias de ultramar, no colonias de extracción. Mientras los colonos anglosajones cazaban nativos para quedarse con la tierra, la Escuela de Salamanca, con Francisco de Vitoria a la cabeza, impulsaba las Leyes de Burgos (1512) y las Leyes Nuevas (1542). Estos textos declaraban a los indígenas súbditos libres de la Corona y prohibían terminantemente su esclavización, dotándolos de un estatus legal que los propios obreros europeos de la época habrían envidiado. El ordenamiento virreinal creó la "República de Indios", un sistema que, lejos de ser un apartheid, otorgaba autonomía jurídica a las comunidades, protegía sus tierras y reconocía el poder de sus propios nobles y caciques, integrándolos a la administración civil y militar. Incluso el mestizaje fue alentado legalmente por Real Cédula desde 1514 por Fernando el Católico, un contraste radical con el racismo biológico del norte de Europa que prohibió los matrimonios interraciales hasta bien entrado el siglo XX.
Tampoco es verdad el cuento de la extirpación cultural y lingüística. Si el castellano se impuso, no fue por la espada, sino por la lenta necesidad del comercio. Fueron los propios misioneros católicos —jesuitas, franciscanos y dominicos— quienes salvaron las lenguas nativas de la dispersión al codificarlas en caracteres latinos. La primera gramática del quechua se publicó en Valladolid en 1560, y el monumental diccionario aymara de Ludovico Bertonio se imprimió en la misión de Juli a principios del siglo XVII. Ambos idiomas tuvieron reglas escritas y gramáticas estandarizadas mucho antes que idiomas europeos como el alemán o el ruso. Los sacerdotes tenían la obligación legal de aprender la lengua local para poder ejercer su ministerio; el castellano se expandió de forma masiva recién en la era republicana, impulsado por las dinámicas de los mercados urbanos y la escuela pública del siglo XX.
Aquí radica la gran paradoja que el indigenismo masista prefiere callar con recelo: el verdadero despojo del indígena andino no vino de la Cruz ni de la Corona, sino de las élites criollas ilustradas que tomaron el poder en 1825. Fascinados por el jacobinismo de la Revolución Francesa y el liberalismo utilitario británico, los gobiernos republicanos consideraban que las tierras de comunidad protegidas por las Leyes de Indias eran un freno medieval para el progreso moderno. Fueron las leyes de exvinculación decimonónicas —como las dictadas por Mariano Melgarejo en 1866 o Tomás Frías en 1874— las que desmantelaron el blindaje legal de las comunidades para expandir el latifundismo terrateniente. Durante tres siglos, la Real Audiencia de Charcas y la figura del "Protector de Naturales" habían sido el principal dique de contención contra la voracidad de los patrones locales. La república liberal del siglo XIX desarmó al indígena y lo entregó al hacendado.
La supuesta "deuda histórica" es una herramienta de control político, un fantasma agitado para mantener a las bases rurales en un estado de agitación permanente. El indigenismo radical que promueve el MAS no busca la liberación del indígena real; necesita mantenerlo empobrecido y enojado para que siga marchando como carne de cañón de los intereses corporativos de la dirigencia. Bolivia no va a salir de su laberinto institucional alimentando odios fabricados hace cinco siglos. El habitante del campo y el emprendedor urbano necesitan recuperar el orgullo de su mestizaje cultural, la certeza jurídica de sus propiedades privadas y la libertad de transitar por las carreteras sin tener que pedirle permiso a un caudillo sindical. La emancipación real no se consigue bloqueando el paso del vecino, sino compitiendo con dignidad y libertad en el mercado mundial.
Bibliografía y Referencias de Análisis
Bertonio, Ludovico. (1612). Vocabulario de la lengua aymara. Juli: Imprenta de la Compañía de Jesús.
Della Porta, Donatella. (1995). Social Movements, Political Violence, and the State. Cambridge University Press.
Gullo Omodeo, Marcelo. (2021). Madre Patria. Buenos Aires: Espasa.
Klein, Herbert S. (2011). Historia de Bolivia. La Paz: Juventud.
Roca Barea, María Elvira. (2016). Imperiofobia y Leyenda Negra. Madrid: Siruela.
Zunzunegui, Juan Miguel. (2019). Los mitos que nos dieron trauma. México: De Bolsillo.
(*) Gabriel Mariaca es comunicador visual y docente universitario.
