Al margen de las felicitaciones, abrazos y besos que les debemos a nuestros hijos, hoy nos toca reflexionar (y en su día) qué estamos haciendo porque su mundo sea un poco mejor cada día.
Educamos a nuestros hijos en casa; pero en la escuela y en el colegio se forman en distintas habilidades que les servirá para cuando sean mayores.
No todos tienen esa oportunidad; más todavía cuando bien sabemos que hay niños que, desde temprana edad, deben trabajar para sobrevivir, para ayudar con los gatos del hogar. En especial, cuando nos topamos con infancias lastimadas, cuyos padres están separados o divorciados. Ellos, en particular, ven afectado su derecho al estudio, que la Constitución Política del Estado de Bolivia ha consagrado como una prerrogativa fundamental para el progreso de la sociedad.
Fuera de las leyes, cuyas páginas lo aguantan todo, muy diferente es la realidad que en las calles se respira. Esa ley fría y sin reglas claras, pero rudas, se encarga de enseñarles palabras como «cuidado», «ladrón», «discriminación» y «miedo», entre otras.
Ese descuido nos ha llevado a que Bolivia se convierta en un país peligroso para nuestros niños. Además de robos y asaltos también están los delitos de violación.
Así, Bolivia supera las cifras mundiales de violencia sexual infantil y adolescente. Según la Red de Protección a la Niñez y Adolescencia, el ocho por ciento de niños en el mundo sufre de agresión sexual antes de cumplir los 18 años. Sin embargo, en el país la cifra alcanza al 23 por ciento.
La situación es más grave en el caso de las niñas, a escala global, el 20 % de menores es víctima de violencia sexual, y en Bolivia ese porcentaje llega a 34 %. Estos datos corresponden al año pasado. Falta ver qué dicen las cifras en este 2017. Esperemos que disminuyan.
La coordinadora de Eco Jóvenes, Julia Velazco, le dijo al diario Página Siete que «aún falta presupuesto» para poner en marcha en su totalidad el Código Niño, Niña y Adolescente, la Ley 548.
En resumen, falta dinero, según la experta en Derechos Humanos. Y el Gobierno no tendría que decir que no hay presupuesto, porque la niñez y la adolescencia constituyen una política de Estado.
Los bonos, si bien, justifican una ayuda, no son la solución total al problema. La solución es atacar la raíz de ese problema. Debemos todos proporcionar a nuestros hijos una educación de calidad, capaz de cuestionar los actuales valores que hoy manejamos como positivos. Para ello necesitamos también en nuestras aulas maestros preparados, imaginativos, capaces no solo de saber dictar su materia sino de inyectar pasión al enseñarla. Sin pasión, las cosas están muertas.
El Gobierno debe también atender las necesidades de quienes enseñan. Mejores sueldos, por ejemplo, y buenas oportunidades para su jubilación.
Se siembra una escuela o un colegio con la esperanza de contar con buenos frutos. Pero si las raíces de nuestro árbol educativo no son atendidas con el esmero de un buen jardinero, no podremos hablar de una educación de calidad.
