El resultado de las Elecciones Municipales 2015 nos muestra una Bolivia paritaria que tiene un total de 1007 concejalas alcanzando el 51% de total de estos cargos de acuerdo a datos de la Asociación de Concejalas y el Tribunal Supremo Electoral. Nuestro País que a 32 años de democracia logra paridad y alternancia, motiva satisfacción, mire usted que se trata de un hito histórico en la participación política de las mujeres; lo que se matiza además con otro alto porcentaje de asambleístas nacionales y departamentales, alcaldesas, ministras y otras servidoras públicas de alto nivel jerárquico.
Pero, no se engañe. Nuestro país ha avanzado en participación política formal, lo que es elogiable pero no es suficiente porque las servidoras públicas elegidas y designadas en la mayoría de los casos responden a posiciones patriarcales: ministras que tienen que dar la cara, explicar y disimular las desinteligencias e indiscreciones de sus “líderes”, asambleístas que se limitan a levantar las manos, concejalas que provocan peleas para desprestigiar a la oposición. Al parecer la paridad en Bolivia no está acompañada de la libertad en el ejercicio del poder, porque a nuestras autoridades mujeres les pasan libretos y las obligan a repetirlos, por lo que materialmente no son “tomadoras de decisiones”. Lo anterior nos lleva una vez más a advertir que con la búsqueda de la “paridad política formal” los partidos simplemente se han limitado a instrumentalizar una vez a la mujer. Lo que en términos prácticos resulta más perverso, porque se aprovecha a la mujer para reprimir o desvalorizar a su propio género. No se confunda, no es falta de solidaridad entre las mujeres, es el machismo en su máxima expresión: usar a la mujer para violentar derechos de otras mujeres.
¿Qué hacemos entonces? La despatriarcalización tiene que dejar de ser un término de discurso para inmiscuirse en la educación y en todas las dimensiones de la vida en sociedad. La equidad no es cosa de mujeres, tiene que ver con la calidad de humanos que somos nuestra forma de relacionarnos. El día de la mujer no es como un cumpleaños (que si es festivo) el 8 de marzo es una fecha reivindicativa que exige a quienes se llenaron la boca con felicitaciones, de cálidos abrazos, que distribuyeron chocolates y hasta llevaron flores a colegas, amigas, novias, esposas e hijas, un cambio real de conducta. Pensémoslo así, los saludos y abrazos no borran esas constantes agresiones verbales y no verbales de las que son víctimas todos los días las mujeres trabajadoras, los chocolates y las flores no desaparecerán los moretones y besos forzados. Con bonitas postales tampoco se borran las humillaciones y la disminución de los derechos de las mujeres que surgen hasta con los más absurdos prejuicios: que si hubo un accidente de tránsito seguro fue culpa de la mujer que también conducía, aunque el hombre de la moto estaba alcoholizado; que si una mujer trabajadora se embaraza es para mantener su fuente laboral o amarrar a su pareja, que la mujer se viste para provocar a los hombres.
Exigir la vigencia de los derechos humanos como mujeres, no es pedir un trato especial es simplemente ser consideradas como personas… humanas. Es reclamar el derecho a tener derechos.
