Brasil estrena un período atípico con dos presidentes: Dilma Rousseff, separada temporalmente del poder, y el interino, Michel Temer, que deberá enfrentar una colosal crisis política y económica que hoy mantiene al país en la incertidumbre.
El "impávido coloso", como su propio himno define a este país, estaba sumido en la profunda resaca que ha dejado la semana más convulsionada de su historia política reciente, que condujo a un cambio radical de Gobierno al menos durante los próximos seis meses.
Temer llegó al poder en forma interina el jueves 12, después de que el Senado decidió iniciar un juicio político con miras a una posible destitución de Rousseff, quien estará suspendida del cargo durante los 180 días que puede durar el proceso. El nuevo presidente, sin embargo, ha dado como un hecho que el Senado pondrá fin al mandato de Rousseff y que permanecerá así en el cargo hasta el 1 de enero de 2019, cuando acaba el actual período. "Quiero que, al dejar la Presidencia, me miren y digan por lo menos: ese sujeto arregló el país", dijo en una entrevista concedida a la revista Época, que salió ayer a la calle, y en la que advirtió de que no podrá "hacer milagros en dos años".
