Al menos seis niños compartían la cancha, ajenos a la tragedia que estaba a punto de consumarse. Eran cerca de las 19:30 del domingo cuando el partido de futsal infantil acabó en un baño de sangre tras violencia desatada en la pequeña cancha.
De acuerdo con las primeras pesquisas, una discusión y unos supuestos insultos lanzados en plena cancha marcaron la sentencia de muerte. El cruce de palabras hirió el orgullo de Carlos Y. M., un sujeto de 24 años que, lejos de zanjar la disputa con palabras, optó por la vía de la crueldad. Abandonó temporalmente el perímetro deportivo, caminó hasta su domicilio y regresó con un arma blanca con una sola misión: cobrar venganza.
El agresor no titubeó. Sin mediar palabra ni dar tregua, se abalanzó directamente contra las víctimas: un niño de apenas nueve años y un adolescente de 15. Los testigos presenciaron atónitos la extrema violencia. Tras asestarles múltiples heridas punzocortantes, el homicida les dejó tendidos en un charco de sangre, convulsionando y agonizando durante desesperantes minutos ante la impotencia de los presentes, antes de huir con rumbo desconocido en la oscuridad de la noche.
