El silencio en Colquechaca se rompió con un estruendo fuerte. No era una faena de minería, era el sonido de la desesperación llevada a su extremo más cruel. Javier Chile Torres, un joven de apenas 22 años, había decidido que su desdicha amorosa no tendría testigos vivos, arrastrando a la parca a sus dos hijos, de cuatro años y un año y seis meses de edad.
El plan criminal y autodestructivo se maquinó tras un resentimiento. Según el comandante departamental de la Policía, coronel Roger Villazón, el detonante fue el abandono de su pareja sentimental. Incapaz de procesar el rechazo y consumido por una obsesión enfermiza, el padre optó por una vía más despiadada.
Chile Torres condujo a los dos pequeños hijos hasta un sector descampado de Colquechaca. Allí, en medio de la nada, ejecutó su macabro plan. El hombre los envolvió en un abrazo final que simulaba protección pero que en realidad era una trampa mortal, y accionó una carga de dinamita.
La onda expansiva pulverizó la inocencia en milisegundos. Cuando el personal especializado de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (Felcc) irrumpió en la escena del crimen, el cuadro dantesco superó cualquier manual policial.
