Salvo el brazo en cabestrillo, Javier Gutiérrez Fuertes parece un hombre sin problemas de salud. Camina normalmente y hay momentos en los que incluso extiende la mano en reposo para saludar. Pero solo es apariencia. Por dentro, es un hombre asustado y no es para menos. Estaba viajando de Potosí a Oruro, en una de las caravanas que pretendían llegar a La Paz, y su caravana fue frenada a balazos.
Su bus —él solo recuerda que era amarillo— estaba entre los primeros así que fue de los más afectados. En el camino había promontorios de tierra así que había que bajarse a despejarlos. Fue en esas circunstancias que comenzaron los disparos. Ellos, que jamás habían imaginado enfrentar bala en el camino, corrieron a refugiarse pero los proyectiles les alcanzaban. “A los dos primeros que cayeron no pudimos cómo sacar”, dice.
Todo era confusión y angustia. Fue en esas circunstancias que sintió algo caliente en el hombro. Le había llegado un balazo.
En Potosí, las noticias llegaban distorsionadas. Alguien le dijo a su esposa que había muerto en la emboscada, que había como seis fallecidos. “Alguien llamó y le dijo ‘Javier murió’. (…) Alguien le dijo. Por el ‘face’ todo publicaban”, dice. Él se comunicó con su esposa por celular cuando todo había pasado. La tranquilizó diciendo que su herida no era grave pero no era cierto. Una bala se había alojado en su hombro y tuvo que ser extraída en Uyuni.
