Más allá del mito, la conocida imagen del líder revolucionario o heroico guerrillero, está ante todo el hombre, su huella a través del tiempo, no solo desde sus palabras, sino a la luz de sus hechos. Entonces podremos comprender la magnitud de su obra y se seguirá escribiendo de él por mucho tiempo.
A 50 años de su asesinato, dejando de lado sus ideas políticas y su lucha revolucionaria, es justo también recordarlo como un hombre con una integridad tan amplia como su cultura y formación: médico, comunicador y periodista, que gustaba de la poesía y la filosofía, pero también como deportista, en su juventud jugador de rugby y notable jugador de ajedrez durante toda su vida.
Se dice que Ernesto Guevara de la Serna aprendió a jugar al ajedrez con su padre y se interesó en Cuba, antes que por la política por el ajedrez. En 1939, cuando tenía 11 años escuchó hablar del genial Raúl Capablanca, en el Torneo de las Naciones (hoy Olimpiadas), en Argentina y quedó profundamente impresionado. Practicó el deporte ciencia desde entonces sin dejar de estudiarlo durante toda su vida. En la universidad, siendo estudiante de Medicina, participó en torneos universitarios llegando a ocupar el séptimo tablero.
