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DÁRSENA DE PAPEL

Nuestra letra

16 Abril 2018Oscar Díaz Arnau
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Resulta que la farmacéutica tuvo que esforzarse mucho para interpretar la “letra de médico”. No me había pasado antes, pero, anécdota al margen, hace tiempo que me pregunto cuánto ganamos y cuánto perdimos con la escritura en computadora. A diferencia de los demás, los médicos no podrán alegar confabulación alguna de la tecnología, ante un juez de pluma estilográfica, debido a la abundante evidencia empírica de sus recetarios.

Los que nos criamos a punta de lápiz y papel sabemos qué significan las molestias provocadas por horas y horas de presión manual en el cuaderno de deberes. Recordamos las interminables “cien veces no debo” de aquella palabra mal escrita, como parte de un método educativo a caballo entre la práctica —la repetición hasta el hartazgo— y el castigo —“¡a la Dirección!”. No soy tan viejo como para traer a la memoria algún compañero flagelado en la esquina del aula y con orejas de burro. Pero a la universidad nos hacían llevar máquinas de escribir para las prácticas de redacción en la materia de “Prensa escrita”.

Mi médica —la de la letra— dice que a mi edad comienzan los achaques de nostalgia. “Achaques de nostalgia...”, me dejó pensando. “Y si así fuera —me puse a masticar sus palabras— mataría por volver a los años en los que jugaba a la pelota con mis amigos en la calle, o a pegar los oídos a la radio y después abrazarnos con el viejo y gritar como locos los goles de Boca relatados por el inolvidable ‘Gordo’ Muñoz. Y si así fuera, últimamente —puesto que según mi médica estoy en esa edad— me habría dado un achaque de nostalgia… por mi letra”.

¿Qué fue de nuestra letra? ¿Quién se ocupa de su deterioro? ¿Y de su pervivencia? A los más jóvenes les costará entender que los de mi edad pasábamos clases de caligrafía, una materia en la que los maestros evaluaban la calidad de nuestra letra. Las cosas han cambiado y nuestra letra, ese rasgo físico que nos identifica —así como el caminar o el reír—, ahora forma parte del catálogo de usos en vías de extinción. Ahora somos modernos, nos gusta facilitarnos la vida. En Estados Unidos, por ejemplo, nadie firma nada cuando compra con tarjeta de crédito. Y en Bolivia, el comercio exterior opera mediante la firma digital. Lo poco que nos queda por escribir a mano alzada es nuestra firma, expresión inequívoca de lo que somos como personas, momento incluso reflexivo para nosotros en el banco, pero, hasta de ella nos estamos desprendiendo como de un objeto de anticuario. Nuestra letra, la letra de la infancia que ha ido modificándose por la tiranía del dictado, primero, y de los apuntes, después; la que nos acompañó hasta grandes: hasta que la Times New Roman nos uniformó a todos… Un mundo globalizado no tenía por qué respetar nuestra caligráfica individualidad.

Los menos jóvenes me entenderán: en la escuela, nadie vio la necesidad de enseñarme el significado de las palabras “editar” o “imprimir”, nadie me habló de “softwares” ni de “antivirus”, de “chat”, “chip” ni “clic”. ¿Cuándo el ratón dejó de ser un animal?, ¿y el menú una lista de comidas?, ¿y la ventana una que se abre y se cierra detrás de una cortina? ¿Alguien se acuerda de la felicidad de su mamá o de su abuelo al recibir una carta del cartero?

La grafía es un lenguaje del alma que hace únicas a las personas y su abandono convierte al mensaje en frío, casi descarnado —escribió el gran Guillermo Jaim Etcheverry en su defensa de la letra cursiva; esta u otra más pálida, como la de imprenta, es probablemente nuestra letra. A veces esmerada, ideal para núbiles ensoñaciones. Otras un jeroglífico, indigesta sopa de letras abiertas como la boca de un hipopótamo y cerradas como el pico de un colibrí. Cuando no un pueril asunto de salud, letra de médico para farmacéuticas esforzadas.

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