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A la memoria de Luis Esteban Cruz

13 Noviembre 2017Celso Durán Sánchez
Esteban preparado con su cámara en uno de los actos públicos.

Esteban preparado con su cámara en uno de los actos públicos.

El carro fúnebre que transportaba el féretro donde estaba mi amigo Luis Esteban, ingresaba a la eternidad. El cementerio de esta ciudad, le daba la bienvenida.

Rodeado de su séquito de despedida, a cada lado, las compañeras de la Prensa con su atuendo negro, trataban de expresarle su cariño más sincero.

Más atrás, un mar de flores y de gente que escoltaba al cortejo fúnebre (lóbrego de dolor) llenaba el ambiente con el eco de lágrimas sorprendidas. Nadie creía que estabas muerto. Terca en su dolor, esa gran multitud se despedía de ti.

Amigo eterno. Me parecía mentira que yo estaba filmando tu despedida. Mi compañero de mil batallas, con quien compartí tantas cosas. ¿Te acuerdas? Yo, filmando; tú, disparando tu cámara, en momentos –tal vez– históricos,  importantes y trascendentales para la historia de esta tierra bendita, a la que tanto amamos.

Esteban: ahora me doy cuenta de que le robamos un pedacito al tiempo, a la historia de esta ciudad, en la que nos tocó vivir. El tiempo pasa, solo deja huellas; pero en nuestro caso, creo que hemos robado la historia al tiempo, porque en tus fotografías podremos recordar una y otra vez aquello que ya pasó.

Amigo: siguen en mi memoria nuestros hechos vividos, como aquella primera experiencia de cubrir un rali Dakar, recorriendo interminables caminos de tierra, buscando el lugar exacto para inmortalizar nuestras imágenes.

Éramos bisoños en esta experiencia inolvidable, pero sé que poníamos nuestro mejor esfuerzo para robarle una parte de la historia al tiempo y que quede así plasmada en la eternidad.

Me acuerdo que alardeabas en tu asientito en el estadio “Víctor Agustín Ugarte”, sacando –me imagino– tus mejores fotos.

La gente me empujaba y me apretaba. Me di cuenta cuán crudo era volver a la realidad. El cortejo avanzaba y la multitud agolpada lloraba tu partida.

Pero mis recuerdos ahora luchan contra el pesar y en mis mejillas resbalan las lágrimas en tu honor. No quiero detenerlas.

Recuerdo la última vez en que nos vimos. Era finales de julio, te encontré en la calle de la casualidad. Te noté extraño, ya no tenías esa pancita bonachona a la que golpeaba como un cariñoso saludo. Te veías más delgado y el color de tu piel había cambiado, era amarilla. Me contaste que estabas un poco enfermo y tenías hemorragia. Pero que ya volviste a trabajar y que pronto te someterías a un tratamiento para sanarte del todo.

Algo me llamó la atención de nuestra charla: tu preocupación sobre mi destino laboral. Te dije que todo estaba bien. Frunciste el ceño más aliviado. Te jalé de la oreja como mi habitual muestra de cariño; como siempre lo hacíamos, ¿verdad? Nos abrazamos y nos deseamos la mejor de las suertes. Y hasta ahora me doy cuenta de que ese fue nuestro último encuentro, nuestra no despedida. ¡NUESTRO ADIÓS! ¡Qué ironía del destino!

Los gritos de nuevo me sacaron del marasmo, otra vez volví al mundo que me rodeaba. Ya llegábamos al mausoleo donde, esperaba tu morada eterna. Tu familia, los amigos y la gente que se apiñaba para despedirte, no encontraban consuelo. Sentía que una parte de mi cuerpo, de mi espíritu se marchaba contigo.

Entre los matices que nuestra amistad evocaba miles de recuerdos, el océano de mis lágrimas intentaba ahogarlo todo. Pero me resistí. Y al salir del cementerio, sentí –Esteban– que te dejaba un poco de mi vida.

Mi pasado. De nuevo los recuerdos se convertían en pensamientos que se apropiaban de mí; de nuevo tú.

Parecía mentira que nosotros, un simple camarógrafo y un fotógrafo, tendrían que motivarse a escribir sus artículos de prensa en el Potosí, en tu periódico. Es raro ver eso: que un hombre de la imagen lo sea también de la palabra.

Y aunque sé que nunca seremos expertos, nuestro esfuerzo era el mejor motor de nuestra superación.

Hoy, en esta historia, sacada del fondo de mi alma, escribo para ti, escribo a tu amistad, le escribo a Dios, escribo a la vida. Porque hombres como tú, solo nos dieron amistad, cariño, simpleza y humildad.

Fuimos robados por una enfermedad maldita, que nos ataca sin recelo, sin pena, oculta en nuestros cuerpos, como algo que no logrará ocurrirnos, pero nos pasa.

Aún recuerdo de cuando visitaba tu periódico. Era una fiesta. Solo recibía cariño de cada uno de sus miembros. Y tú, sentado a tu escritorio, esperabas que yo te salude, amigo. Me sentía parte de este periódico, con tu cariño indescriptible.

Recuerdo nuestros encuentros en la oficina de la prensa potosina: la plaza central. O de tus palabras que salían de tu corazón: “tautiqui”, “lajra bolita”. O de tus momentos de rabia, cuando nos jalabas de los pelos. O, como siempre el grupo de “los  humildes”, los más cuates de la prensa, nos jalábamos de la oreja con cariño.

Hoy tendría que contar más de ti, de la grandeza de hombre que fuiste, pero también de tu simplicidad. Yo no quiero rendirte homenajes, por lo que viviste, por lo que fuiste.

Solo quiero acordarme de la grandeza que tuve con tu amistad, con tu cariño, con la simpleza de tus actos: como amigo, como compañero y como cómplice.

Pero más aún como cuando fuimos testigos de las cosas que vimos pasar. Amigo, cómo olvidar de cuando me visitaste en el hospital, porque había recibido un dinamitazo en una cobertura periodística.

Ni siquiera me saludaste, empezaste a gritarme: “¡claro!, eres un cojudo, no te cuidas. ¡Cómo vas a entrar y a mí me dices que me cuide! ¡No quiero verte así!”.

Seguramente mi aspecto daba pena. “¡Cálmate!”, te dije. “¿Viniste a visitarme o a reñirme?”.

Te acercaste, me abrazaste y dijiste: “no quiero verte así”. En ese abrazo, sentí el latir de tu corazón, pude darme cuenta que me querías, de tus ojos cayeron lagrimas del fondo de tu alma. ¡Cómo olvidar aquello, Esteban! Sé que ya no estás. Pero sé que tu eterna amistad me acompañará por el resto de mi vida. Tu recuerdo será mi guía para seguir filmando. Robándole la historia al tiempo. Para dejar un testimonio a nuestras generaciones futuras, plasmadas en mis videos que algún día verán personas que ni están proyectadas en el tiempo.

Amigo Esteban, aguárdame en la eternidad para que continuemos filmando y sacando fotos a la historia oculta más allá de esta vida... ESTEBAN, AMIGO MÍO, ¡HASTA PRONTO!...

En un acto del gobernador Juan Carlos Cejas.Otro momento de su trabajo.
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