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:: CH’UTILLOS:
Mucho más que una fiesta
Juan José Toro Montoya
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Miles de devotos
suben al Calvario de la población de La Puerta a pedir milagros a San
Bartolomé. Al fondo se ve el templo en el que se venera al apóstol. |
Carnaval...
La festividad de
San Bartolomé o de los “Ch’utillos” se ha convertido en una
manifestación folklórica en la que, más allá de la fe, predomina la
ostentación y el mero afán de divertirse.
A medida que la fiesta fue creciendo, las buenas intenciones de sus
impulsores perdieron terreno frente a la alegría de los bailarines y la
bulla que invade las calles potosinas en los últimos días sábado y
domingo del mes de agosto.
Si bien es cierto que la festividad se ganó un lugar en el calendario
folklórico boliviano, no es menos evidente que su origen es desconocido
para la gran mayoría de los potosinos.
Sin embargo, y pese al escaso material existente para los
investigadores, no parece difícil llegar a algunas conclusiones acerca
de esta tradición cultural que devino en anual festejo.
PREINCAICA
La festividad tiene un innegable origen aymara.
Los principales documentos sobre la tradición cultural conocida como
“Ch’utillo” son los capítulos III del libro Segundo y XIX del libro
Quinto de la “Historia de la Villa Imperial de Potosí” de Bartolomé
Arsanz de Orsúa y Vela.
Aunque parezca difícil de creer, Arsanz se ocupa de la leyenda de la
Cueva del Diablo apenas como un dato adicional ya que esta no es el tema
principal y sólo ocupa unos párrafos en los referidos capítulos.
Pese a ello, la obra de Arsanz es la principal base histórica de la
tradición y refiere que “los indios bárbaros que habitaban en Cantumarca,
un día a la semana iban como en procesión a adorar al demonio” en el
lugar que todos conocemos como La Puerta.
Cantumarca o Qantu Marqa, que Arsanz describe como “antigua habitación
de indios gentiles”, tiene origen aymara y el culto que sus habitantes
ejecutaban en La Puerta también debería remontarse a esa cultura.
Pero si esas argumentaciones fueran insuficientes, recurrimos a un
historiador contemporáneo, Mario Chacón Torres, que en su trabajo
titulado “El Chutillo: Festividad potosina de origen precolombino”
afirmó lo siguiente: “Queda definitivamente documentado que la
festividad que nos ocupa tuvo sus remotos orígenes en un culto local
autóctono ‘desde tiempo inmemorial’; es decir, en la época precolombina
y muy verosímilmente no en el último período de ésta, denominado incaico
o quechua, sino en el anterior, perteneciente al colla o aymara”.
La cultura aymara floreció en nuestro territorio antes que la incásica
y, si aceptamos que el “Ch’utillo” tiene ese origen, entonces habría que
convenir que es la tradición cultural más antigua de Bolivia.
SOBREVIVENCIA
Basándonos en el supuesto de que el “Ch’utillo” tiene origen aymara,
¿cómo es que subsiste hasta la dominación española y se gana un lugar en
la “Historia” de Arsanz?
La civilización quechua, más conocida como incaica, alcanzó su máximo
apogeo con el Tawantinsuyo que no fue otra cosa que la expansión de la
cultura que tenía su capital en el Cusco.
Para abarcar parte de lo que hoy son Colombia, Perú, Bolivia, el sur de
Ecuador y el norte de Chile y Argentina, los quechuas debieron someter a
los pueblos que encontraban a su paso pero, aunque llegaron a
sojuzgarlos, la actual toponimia nos demuestra que respetaron la cultura
de los vencidos.
En el caso de los aymaras, esa cultura fue tan difícil de conquistar que
muchas regiones que pertenecían a ella evitaron la influencia quechua e
impidieron su avance o, en el peor de los casos, permanecieron
indómitas, como islas en medio del expansionismo incaico. Ese fue, por
ejemplo, el caso del señorío Qaraqara que nunca fue conquistado por los
quechuas y menos por los españoles y actualmente es el territorio que
ocupan los ayllus Laime, Jukumani, Qaqachaka, Chayantaka, Kututu,
Pairumani y otros que practican el rito del tinkuy.
Entonces, no es descabellado suponer que el culto de los indígenas
cantumarqueños permaneció inmutable durante la dominación quechua y
subsistió hasta la conquista española.
SAGRADO
Todos quienes se ocuparon del “Ch’utillo” admiten a la quebrada de La
Puerta y la cueva existente en ese lugar como los escenarios principales
de esta tradición cultural.
“Tenían estos naturales en la quebrada que hoy llaman de San Bartolomé
(distante de esta Villa una legua) un gran cueva naturalizada en peña
viva, donde un día a la semana iban como en procesión a adorar al común
enemigo que las más de las veces se les aparecía visible”, escribió
Arsanz en el capítulo III del libro Segundo de su monumental obra.
“Pues en el centro de aquella maravillosa grieta que los profanos creen
obra de la naturaleza, en uno de sus más amplios recodos abre su boca
negra con picos como dientes, una caverna obscura, misteriosa, objeto
durante muchos siglos de las leyendas más curiosas”, escribió, por su
parte, Don Julio Lucas Jaimes.
Pero uno de los documentos que merecen mayor fe es la carta que el
sacerdote jesuita Pablo José de Arriaga dirigió al general de su orden,
Claudio Aquaviva, en 1598 contándole que “poco más de dos millas de esta
Villa, en el camino real, están dos cerros a que los indios desde tiempo
inmemorial han tenido extraña devoción, acudiendo a hacer allí sus
ofertas y sacrificios y consultando al demonio en sus dudas y recibiendo
de él respuestas”.
Es fácil presumir, entonces, que la cueva existente en la quebrada de La
Puerta era un lugar sagrado para los indios, tanto así que continuaron
ejercitando su culto incluso después de que los españoles establecieron
sus reales en Potosí y aplastaron la rebelión de Chaki Katari, cacique
de Cantumarca que se enfrentó a los conquistadores en 1545.
Citando a Antonio de Acosta y Pedro Méndez, Arsanz escribe que
“finalmente los indios quedaron vencidos y se fueron al valle de Mantani
(que es Mataca) amenazando a los españoles con que habían de volver a
hacerles mayor guerra. Dejaron los ranchos del pie de la Cuesta Cansada
(que como queda dicho es la cuesta de Jesús Valle) y su pueblo de
Cantumarca todo desierto, que ocuparon los españoles mientras se fundaba
la Imperial Villa, que pocos días después se comenzó”.
La rebelión fue sofocada el mismo año, 1545, pero, años después, los
cantumarqueños continuaban acudiendo hasta su cueva sagrada “un día a la
semana” a adorar a una o más de sus divinidades.
¿CUÁL DIABLO?
“El demonio” y “el común enemigo” son los nombres que Arsanz utiliza
para referirse a la divinidad que era adorada por los indígenas en la
cueva que nos ocupa.
El padre Arriaga también expresa su preocupación por el culto
precolombino y aún hace referencia a la exhortación que otro sacerdote
jesuita hizo a los indígenas para “destruir estos diabólicos oratorios”.
Para Lucas Jaimes, “esa es la cueva del Diablo; allí arrastró consigo
Umphurruna a la bella Sapallay, según los indios, que por tal travesura
naturalista lo bautizaron con el nombre de Cchutillo, o sea, genio que
daña y huye”.
Pero, pese a todas esas coincidentes acusaciones, ¿podemos admitir que
los indígenas de Cantumarca, que adoraban a alguna deidad en La Puerta
“desde tiempo inmemorial”, rendían culto al Satanás judeo-cristiano?
Aunque Lucas Jaimes hace referencia al Umphurruna, “el hombre sombrío”,
no existe en la mitología andina una figura que se parangone con el
Lucifer bíblico ya que incluso el muy conocido Supay o Supaya era una
divinidad de las profundidades de la tierra, más parecido al Plutón
latino o al Hades griego que al ángel malvado que Jehová condenó a los
infiernos.
Lo más coherente sería recoger la afirmación de Mario Chacón Torres que
admitió la existencia de un “culto local autóctono” aunque no lo
identificó por no contar con el suficiente respaldo histórico para ello.
Pero ya que Arsanz, los jesuitas, los españoles y el propio Lucas Jaimes
no tuvieron empacho en ubicar a Belcebú en el altar de los
cantumarqueños, también nosotros podríamos levantar la mano para
mencionar que en la mitología aymara existió una divinidad conocida como
Kusillo, el dios de la alegría, cuya memoria se conserva en una danza
del mismo nombre.
El Kusillo parece reunir los atributos del “genio que daña y huye” ya
que se lo describía tan juguetón y travieso que los indígenas creyeron
que ese diocesillo era el mono, cuando ese animal fue introducido a
América.
SUPERPOSICIÓN
Convengamos entonces que los indígenas de Cantumarca acudían hasta la
cueva de la quebrada de La Puerta para adorar a alguna de sus
divinidades pero agreguemos un nuevo elemento: hasta 1589, la
evangelización católica no había conseguido eliminar ese culto.
“Estos dos peñascos eran piedras de escándalo, de suerte que, con la
ocasión de ellas, caían en muchas idolatrías los indios y, aunque la
justicia seglar y eclesiástica había puesto muchas veces la mano para
remediar este daño, no se había hecho nada”, se lamentaba el padre
Arriaga en la carta escrita al general de su orden.
Además, tanto Arsanz como Arriaga aseguraban que la quebrada de La
Puerta era un lugar en el que ocurrían hechos sobrenaturales.
“Pasando las gentes por allí, repentinamente se juntaban las dos peñas
(que son altísimas) y matándolos a todos se tornaban a abrir. Otras
veces, si pasaban en cabalgaduras, de improviso se alborotaban y no
paraban hasta hacer pedazos a los hombres con sus corcovos. Otras se
levantaba un viento huracán tan espantoso que súbitamente les quitaban
la vida y si no se las quitaba en aquel punto los arrebataba y arrojaba
encina de otras peñas que hay en sus contornos”, refirió Arsanz.
Claro que, pese a su nombre, la obra cumbre de Arsanz no puede
enmarcarse en los términos estrictos de la historia.
El cronista mayor de Potosí escribió su famosa “Historia” hacia 1700
utilizando todos los medios que tuvo a su alcance, sin desdeñar la
tradición oral ni las leyendas. “Pues aunque algunos refieren los
sucesos y demás casos con algo de diferencia, mas esta misma me hace la
relación sin sospecha de engaño de lo que la debilita en opinión de la
verdad”, dijo en su prólogo al lector.
En el caso concreto de la cueva del diablo, se basó en escritos de
Antonio de Acosta, Pedro Méndez y Juan Pasquier que fueron quienes
afirmaron que el causante de esos hechos era “el demonio que habitaba en
aquella gran cueva”.
En su carta a Claudio Aquaviva, el padre Arriaga también hace referencia
a una tragedia ocurrida en el lugar cuando se levantaba una pared para
evitar que los indígenas continúen acudiendo hasta la cueva y comenta
que “parece que el demonio procuraba con todas sus fuerzas estorbar esta
obra” pero posteriormente aclara que el suceso tuvo una causa natural.
La solución a todos esos inconvenientes fue sencilla: Se sustituyó un
culto por otro.
Chacón escribió que “la Iglesia Católica, ante la imposibilidad de
terminar con la religión precolombina, adaptó esta al culto que trajo e
impuso en el continente. En el caso concreto de nuestra festividad,
fracasadas las tentativas contra su tradicional subsistencia, se la
mantuvo dentro de una concepción cristiana, interpretando que la
intercesión de San Bartolomé consiguió el triunfo de la cruz
‘desterrando el príncipe del cielo al príncipe de las tinieblas’”.
Los jesuitas, hábiles extirpadores de idolatrías, entronizaron en la
quebrada de La Puerta la imagen de San Bartolomé y luego proclamaron que
el demonio había sido derrotado.
“Por su parte, los autóctonos, más por conveniencia que por convicción,
acataron y hasta celebraron el hecho pues así ya no serían impedidos de
practicar su culto en el lugar original y los mismos españoles quedaron
tan inseguros de su triunfo que aún al comienzo tuvieron que dejar un
guardia para cuidar el nuevo altar”, apuntó Mario Chacón.
SAN BARTOLOMÉ
La tantas veces citada carta del padre Arriaga señala que fue un sorteo
el que escogió a San Bartolomé para “derrotar al diablo” y aún apunta
que aquello “vínole muy bien por ser particular defensor contra el
demonio”.
Sin embargo, parece difícil de creer que la elección de San Bartolomé
haya sido al azar.
Los cronistas Huamán Poma de Ayala y Garcilazo de la Vega identifican a
San Bartolomé con una de las más enigmáticas figuras de la mitología
andina: Thunupa.
“Thunupa es un dios aymara, celeste y purificador, relacionado con el
fuego y el rayo”, escribe Teresa Gisbert en su “Iconografía y mitos en
el arte colonial”.
En su revisión de los mitos prehispánicos en el arte, Gisbert va más
allá al citar al cronista Ramos Gavilán y apuntar que este último
“presenta a Tunupa como un santo, presunto discípulo de Cristo, el cual
predicó contra la idolatría y las malas costumbres”.
Manuel Rigoberto Paredes es más explícito al señalar que “algunos creen
que Thunnupa fue el apóstol San Bartolomé, otros, Santo Tomás” pero más
adelante sostiene que “esta relación se halla corroborada respecto a que
San Bartolomé fue el que aportó a Carabuco, por la tradición conservada
en el pueblo, que señala el cerro en que vivió el Santo, o, que hoy
mismo se llama de San Bartolomé y de ser este, después de la cruz, el
patrono del pueblo, siendo el 24 de agosto día dedicado al Santo”.
Los pocos datos que la propia Iglesia Católica tiene de San Bartolomé
refuerzan la teoría de que el santo visitó América antes de viajar a
Armenia donde murió desollado en el año 76 de nuestra era por órdenes
del rey Astiages.
¿Cómo es posible entonces que un sorteo haya determinado que sea
precisamente San Bartolomé el elegido para sobreponerse al culto de los
cantumarqueños?
“Todo hace presumir que en la región se recuerda a Tunupa a través del
apóstol San Bartolomé y que el santo patrono de Tinta sustituye al dios
precolombino de Cacha”, dice Gisbert.
Entonces, lo que parece más lógico es que la entronización de San
Bartolomé no fue sino la sustitución de un culto por otro, una acción
meditada y ejecutada por los jesuitas lo que también parece explicar la
presencia de San Ignacio de Loyola en la misma capilla que sirve para
venerar al apóstol.
“Desde entonces —última década del siglo XVI— el culto local adquirió
apariencia católica, celebrando al apóstol Bartolomé, pero el verdadero
protagonista siguió siendo la deificación autóctona, que hasta nosotros
llegó identificada con el demonio y así la festividad pagano-cristiana
en esencia es el reconocimiento popular al denominado ‘espíritu del
mal’”, afirma Chacón.
LAS DUDAS
Pero si bien arribamos a varias conclusiones en este repaso, es honesto
confesar que muchas dudas quedan flotando en el aire.
¿Qué significa el vocablo “Ch’utillo”?
¿Será el “genio que daña y huye” del que hace referencia Julio Lucas
Jaimes o simplemente “el participante activo de la fiesta” al que hace
referencia Antonio Paredes Candia en su “Folklore de Potosí”?
Mario Chacón Torres dice, indirectamente, que el “Ch’utillo” es el
diablo pero no explica por qué.
Si optamos por el simplismo, ¿por qué no admitimos, sencillamente, que
“Ch’utillo” es “jovencillo” por una mezcla entre el “ch’uta” aymara con
el sufijo español “illo”?
¿Y dónde dejamos la relación entre el “ch’utay” quechua con la palabra
“desollar” que nos recuerda la muerte de San Bartolomé y la vocación
carnicera de los cantumarqueños?
¿No será el “Ch’utillo” una mezcla del quechua “ch’utir”, que nos
recuerda el suplicio del apóstol, con el Kusillo aymara, aquel al que
probablemente adoraban los indígenas en la cueva de La Puerta?.
Pero todas esas dudas parecen empequeñecerse frente a la evidencia de
que el “Ch’utillo” es la tradición cultural más antigua de Bolivia, que
San Bartolomé no sustituye sino refuerza un culto precolombino y que la
festividad que lleva su nombre aglutina a las tres grandes culturas que
forjaron nuestra nacionalidad: la aymara, la quechua y la española.
el Potosí,
Potosí - Bolivia
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