:: Festividad de San Bartolomé 2005 Potosí - Bolivia ::

:: CH’UTILLOS: Mucho más que una fiesta

Juan José Toro Montoya

 

Miles de devotos suben al Calvario de la población de La Puerta a pedir milagros a San Bartolomé. Al fondo se ve el templo en el que se venera al apóstol.

Carnaval...
La festividad de San Bartolomé o de los “Ch’utillos” se ha convertido en una manifestación folklórica en la que, más allá de la fe, predomina la ostentación y el mero afán de divertirse.
A medida que la fiesta fue creciendo, las buenas intenciones de sus impulsores perdieron terreno frente a la alegría de los bailarines y la bulla que invade las calles potosinas en los últimos días sábado y domingo del mes de agosto.
Si bien es cierto que la festividad se ganó un lugar en el calendario folklórico boliviano, no es menos evidente que su origen es desconocido para la gran mayoría de los potosinos.
Sin embargo, y pese al escaso material existente para los investigadores, no parece difícil llegar a algunas conclusiones acerca de esta tradición cultural que devino en anual festejo.

PREINCAICA
La festividad tiene un innegable origen aymara.
Los principales documentos sobre la tradición cultural conocida como “Ch’utillo” son los capítulos III del libro Segundo y XIX del libro Quinto de la “Historia de la Villa Imperial de Potosí” de Bartolomé Arsanz de Orsúa y Vela.
Aunque parezca difícil de creer, Arsanz se ocupa de la leyenda de la Cueva del Diablo apenas como un dato adicional ya que esta no es el tema principal y sólo ocupa unos párrafos en los referidos capítulos.
Pese a ello, la obra de Arsanz es la principal base histórica de la tradición y refiere que “los indios bárbaros que habitaban en Cantumarca, un día a la semana iban como en procesión a adorar al demonio” en el lugar que todos conocemos como La Puerta.
Cantumarca o Qantu Marqa, que Arsanz describe como “antigua habitación de indios gentiles”, tiene origen aymara y el culto que sus habitantes ejecutaban en La Puerta también debería remontarse a esa cultura.
Pero si esas argumentaciones fueran insuficientes, recurrimos a un historiador contemporáneo, Mario Chacón Torres, que en su trabajo titulado “El Chutillo: Festividad potosina de origen precolombino” afirmó lo siguiente: “Queda definitivamente documentado que la festividad que nos ocupa tuvo sus remotos orígenes en un culto local autóctono ‘desde tiempo inmemorial’; es decir, en la época precolombina y muy verosímilmente no en el último período de ésta, denominado incaico o quechua, sino en el anterior, perteneciente al colla o aymara”.
La cultura aymara floreció en nuestro territorio antes que la incásica y, si aceptamos que el “Ch’utillo” tiene ese origen, entonces habría que convenir que es la tradición cultural más antigua de Bolivia.

SOBREVIVENCIA
Basándonos en el supuesto de que el “Ch’utillo” tiene origen aymara, ¿cómo es que subsiste hasta la dominación española y se gana un lugar en la “Historia” de Arsanz?
La civilización quechua, más conocida como incaica, alcanzó su máximo apogeo con el Tawantinsuyo que no fue otra cosa que la expansión de la cultura que tenía su capital en el Cusco.
Para abarcar parte de lo que hoy son Colombia, Perú, Bolivia, el sur de Ecuador y el norte de Chile y Argentina, los quechuas debieron someter a los pueblos que encontraban a su paso pero, aunque llegaron a sojuzgarlos, la actual toponimia nos demuestra que respetaron la cultura de los vencidos.
En el caso de los aymaras, esa cultura fue tan difícil de conquistar que muchas regiones que pertenecían a ella evitaron la influencia quechua e impidieron su avance o, en el peor de los casos, permanecieron indómitas, como islas en medio del expansionismo incaico. Ese fue, por ejemplo, el caso del señorío Qaraqara que nunca fue conquistado por los quechuas y menos por los españoles y actualmente es el territorio que ocupan los ayllus Laime, Jukumani, Qaqachaka, Chayantaka, Kututu, Pairumani y otros que practican el rito del tinkuy.
Entonces, no es descabellado suponer que el culto de los indígenas cantumarqueños permaneció inmutable durante la dominación quechua y subsistió hasta la conquista española.

SAGRADO
Todos quienes se ocuparon del “Ch’utillo” admiten a la quebrada de La Puerta y la cueva existente en ese lugar como los escenarios principales de esta tradición cultural.
“Tenían estos naturales en la quebrada que hoy llaman de San Bartolomé (distante de esta Villa una legua) un gran cueva naturalizada en peña viva, donde un día a la semana iban como en procesión a adorar al común enemigo que las más de las veces se les aparecía visible”, escribió Arsanz en el capítulo III del libro Segundo de su monumental obra.
“Pues en el centro de aquella maravillosa grieta que los profanos creen obra de la naturaleza, en uno de sus más amplios recodos abre su boca negra con picos como dientes, una caverna obscura, misteriosa, objeto durante muchos siglos de las leyendas más curiosas”, escribió, por su parte, Don Julio Lucas Jaimes.
Pero uno de los documentos que merecen mayor fe es la carta que el sacerdote jesuita Pablo José de Arriaga dirigió al general de su orden, Claudio Aquaviva, en 1598 contándole que “poco más de dos millas de esta Villa, en el camino real, están dos cerros a que los indios desde tiempo inmemorial han tenido extraña devoción, acudiendo a hacer allí sus ofertas y sacrificios y consultando al demonio en sus dudas y recibiendo de él respuestas”.
Es fácil presumir, entonces, que la cueva existente en la quebrada de La Puerta era un lugar sagrado para los indios, tanto así que continuaron ejercitando su culto incluso después de que los españoles establecieron sus reales en Potosí y aplastaron la rebelión de Chaki Katari, cacique de Cantumarca que se enfrentó a los conquistadores en 1545.
Citando a Antonio de Acosta y Pedro Méndez, Arsanz escribe que “finalmente los indios quedaron vencidos y se fueron al valle de Mantani (que es Mataca) amenazando a los españoles con que habían de volver a hacerles mayor guerra. Dejaron los ranchos del pie de la Cuesta Cansada (que como queda dicho es la cuesta de Jesús Valle) y su pueblo de Cantumarca todo desierto, que ocuparon los españoles mientras se fundaba la Imperial Villa, que pocos días después se comenzó”.
La rebelión fue sofocada el mismo año, 1545, pero, años después, los cantumarqueños continuaban acudiendo hasta su cueva sagrada “un día a la semana” a adorar a una o más de sus divinidades.

¿CUÁL DIABLO?
“El demonio” y “el común enemigo” son los nombres que Arsanz utiliza para referirse a la divinidad que era adorada por los indígenas en la cueva que nos ocupa.
El padre Arriaga también expresa su preocupación por el culto precolombino y aún hace referencia a la exhortación que otro sacerdote jesuita hizo a los indígenas para “destruir estos diabólicos oratorios”.
Para Lucas Jaimes, “esa es la cueva del Diablo; allí arrastró consigo Umphurruna a la bella Sapallay, según los indios, que por tal travesura naturalista lo bautizaron con el nombre de Cchutillo, o sea, genio que daña y huye”.
Pero, pese a todas esas coincidentes acusaciones, ¿podemos admitir que los indígenas de Cantumarca, que adoraban a alguna deidad en La Puerta “desde tiempo inmemorial”, rendían culto al Satanás judeo-cristiano?
Aunque Lucas Jaimes hace referencia al Umphurruna, “el hombre sombrío”, no existe en la mitología andina una figura que se parangone con el Lucifer bíblico ya que incluso el muy conocido Supay o Supaya era una divinidad de las profundidades de la tierra, más parecido al Plutón latino o al Hades griego que al ángel malvado que Jehová condenó a los infiernos.
Lo más coherente sería recoger la afirmación de Mario Chacón Torres que admitió la existencia de un “culto local autóctono” aunque no lo identificó por no contar con el suficiente respaldo histórico para ello.
Pero ya que Arsanz, los jesuitas, los españoles y el propio Lucas Jaimes no tuvieron empacho en ubicar a Belcebú en el altar de los cantumarqueños, también nosotros podríamos levantar la mano para mencionar que en la mitología aymara existió una divinidad conocida como Kusillo, el dios de la alegría, cuya memoria se conserva en una danza del mismo nombre.
El Kusillo parece reunir los atributos del “genio que daña y huye” ya que se lo describía tan juguetón y travieso que los indígenas creyeron que ese diocesillo era el mono, cuando ese animal fue introducido a América.

SUPERPOSICIÓN
Convengamos entonces que los indígenas de Cantumarca acudían hasta la cueva de la quebrada de La Puerta para adorar a alguna de sus divinidades pero agreguemos un nuevo elemento: hasta 1589, la evangelización católica no había conseguido eliminar ese culto.
“Estos dos peñascos eran piedras de escándalo, de suerte que, con la ocasión de ellas, caían en muchas idolatrías los indios y, aunque la justicia seglar y eclesiástica había puesto muchas veces la mano para remediar este daño, no se había hecho nada”, se lamentaba el padre Arriaga en la carta escrita al general de su orden.
Además, tanto Arsanz como Arriaga aseguraban que la quebrada de La Puerta era un lugar en el que ocurrían hechos sobrenaturales.
“Pasando las gentes por allí, repentinamente se juntaban las dos peñas (que son altísimas) y matándolos a todos se tornaban a abrir. Otras veces, si pasaban en cabalgaduras, de improviso se alborotaban y no paraban hasta hacer pedazos a los hombres con sus corcovos. Otras se levantaba un viento huracán tan espantoso que súbitamente les quitaban la vida y si no se las quitaba en aquel punto los arrebataba y arrojaba encina de otras peñas que hay en sus contornos”, refirió Arsanz.
Claro que, pese a su nombre, la obra cumbre de Arsanz no puede enmarcarse en los términos estrictos de la historia.
El cronista mayor de Potosí escribió su famosa “Historia” hacia 1700 utilizando todos los medios que tuvo a su alcance, sin desdeñar la tradición oral ni las leyendas. “Pues aunque algunos refieren los sucesos y demás casos con algo de diferencia, mas esta misma me hace la relación sin sospecha de engaño de lo que la debilita en opinión de la verdad”, dijo en su prólogo al lector.
En el caso concreto de la cueva del diablo, se basó en escritos de Antonio de Acosta, Pedro Méndez y Juan Pasquier que fueron quienes afirmaron que el causante de esos hechos era “el demonio que habitaba en aquella gran cueva”.
En su carta a Claudio Aquaviva, el padre Arriaga también hace referencia a una tragedia ocurrida en el lugar cuando se levantaba una pared para evitar que los indígenas continúen acudiendo hasta la cueva y comenta que “parece que el demonio procuraba con todas sus fuerzas estorbar esta obra” pero posteriormente aclara que el suceso tuvo una causa natural.
La solución a todos esos inconvenientes fue sencilla: Se sustituyó un culto por otro.
Chacón escribió que “la Iglesia Católica, ante la imposibilidad de terminar con la religión precolombina, adaptó esta al culto que trajo e impuso en el continente. En el caso concreto de nuestra festividad, fracasadas las tentativas contra su tradicional subsistencia, se la mantuvo dentro de una concepción cristiana, interpretando que la intercesión de San Bartolomé consiguió el triunfo de la cruz ‘desterrando el príncipe del cielo al príncipe de las tinieblas’”.
Los jesuitas, hábiles extirpadores de idolatrías, entronizaron en la quebrada de La Puerta la imagen de San Bartolomé y luego proclamaron que el demonio había sido derrotado.
“Por su parte, los autóctonos, más por conveniencia que por convicción, acataron y hasta celebraron el hecho pues así ya no serían impedidos de practicar su culto en el lugar original y los mismos españoles quedaron tan inseguros de su triunfo que aún al comienzo tuvieron que dejar un guardia para cuidar el nuevo altar”, apuntó Mario Chacón.

SAN BARTOLOMÉ
La tantas veces citada carta del padre Arriaga señala que fue un sorteo el que escogió a San Bartolomé para “derrotar al diablo” y aún apunta que aquello “vínole muy bien por ser particular defensor contra el demonio”.
Sin embargo, parece difícil de creer que la elección de San Bartolomé haya sido al azar.
Los cronistas Huamán Poma de Ayala y Garcilazo de la Vega identifican a San Bartolomé con una de las más enigmáticas figuras de la mitología andina: Thunupa.
“Thunupa es un dios aymara, celeste y purificador, relacionado con el fuego y el rayo”, escribe Teresa Gisbert en su “Iconografía y mitos en el arte colonial”.
En su revisión de los mitos prehispánicos en el arte, Gisbert va más allá al citar al cronista Ramos Gavilán y apuntar que este último “presenta a Tunupa como un santo, presunto discípulo de Cristo, el cual predicó contra la idolatría y las malas costumbres”.
Manuel Rigoberto Paredes es más explícito al señalar que “algunos creen que Thunnupa fue el apóstol San Bartolomé, otros, Santo Tomás” pero más adelante sostiene que “esta relación se halla corroborada respecto a que San Bartolomé fue el que aportó a Carabuco, por la tradición conservada en el pueblo, que señala el cerro en que vivió el Santo, o, que hoy mismo se llama de San Bartolomé y de ser este, después de la cruz, el patrono del pueblo, siendo el 24 de agosto día dedicado al Santo”.
Los pocos datos que la propia Iglesia Católica tiene de San Bartolomé refuerzan la teoría de que el santo visitó América antes de viajar a Armenia donde murió desollado en el año 76 de nuestra era por órdenes del rey Astiages.
¿Cómo es posible entonces que un sorteo haya determinado que sea precisamente San Bartolomé el elegido para sobreponerse al culto de los cantumarqueños?
“Todo hace presumir que en la región se recuerda a Tunupa a través del apóstol San Bartolomé y que el santo patrono de Tinta sustituye al dios precolombino de Cacha”, dice Gisbert.
Entonces, lo que parece más lógico es que la entronización de San Bartolomé no fue sino la sustitución de un culto por otro, una acción meditada y ejecutada por los jesuitas lo que también parece explicar la presencia de San Ignacio de Loyola en la misma capilla que sirve para venerar al apóstol.
“Desde entonces —última década del siglo XVI— el culto local adquirió apariencia católica, celebrando al apóstol Bartolomé, pero el verdadero protagonista siguió siendo la deificación autóctona, que hasta nosotros llegó identificada con el demonio y así la festividad pagano-cristiana en esencia es el reconocimiento popular al denominado ‘espíritu del mal’”, afirma Chacón.

LAS DUDAS
Pero si bien arribamos a varias conclusiones en este repaso, es honesto confesar que muchas dudas quedan flotando en el aire.
¿Qué significa el vocablo “Ch’utillo”?
¿Será el “genio que daña y huye” del que hace referencia Julio Lucas Jaimes o simplemente “el participante activo de la fiesta” al que hace referencia Antonio Paredes Candia en su “Folklore de Potosí”?
Mario Chacón Torres dice, indirectamente, que el “Ch’utillo” es el diablo pero no explica por qué.
Si optamos por el simplismo, ¿por qué no admitimos, sencillamente, que “Ch’utillo” es “jovencillo” por una mezcla entre el “ch’uta” aymara con el sufijo español “illo”?
¿Y dónde dejamos la relación entre el “ch’utay” quechua con la palabra “desollar” que nos recuerda la muerte de San Bartolomé y la vocación carnicera de los cantumarqueños?
¿No será el “Ch’utillo” una mezcla del quechua “ch’utir”, que nos recuerda el suplicio del apóstol, con el Kusillo aymara, aquel al que probablemente adoraban los indígenas en la cueva de La Puerta?.
Pero todas esas dudas parecen empequeñecerse frente a la evidencia de que el “Ch’utillo” es la tradición cultural más antigua de Bolivia, que San Bartolomé no sustituye sino refuerza un culto precolombino y que la festividad que lleva su nombre aglutina a las tres grandes culturas que forjaron nuestra nacionalidad: la aymara, la quechua y la española.

el Potosí, Potosí - Bolivia

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